Entradas con la etiqueta ‘Narcotrafico’

SANTIAGO. “Carlos” tenía 10 años de edad cuando su primo le dijo que vendiera droga. Hoy tiene 14. “Luis” contaba con 11 años cuando su hermano de 12 lo indujo a probarla y luego comenzó a venderla para su tío; hoy tiene 16. Raúl vivía sus 12 años cuando su padre lo mandó a vender droga; hoy tiene 13.

A la vez que servían de “mula”, algunos robaban a los vecinos y a sus familias. Las ganancias eran para los adultos que los reclutaban, para comprarse ropa o invertirlas en más droga. Un círculo de retorno. Los clientes de Luis eran adultos, quienes iban de madrugada a su casa en Villa Altagracia.

“Ellos empezaban de un viernes a domingo, que son los días de usar polvo, de beber, los fines de semana. Entonces, ellos empezaban a ir de noche, y seguían, seguían, porque esa sustancia le da como una especie, cuando una la prueba, da seguidilla, después que uno está en el efecto uno quiere consumir, consumir, no importa lo que haga”, dice.

Los tres jovencitos, quienes tienen en común una crianza inestable, abandonaron la escuela hace años. Hoy se rehabilitan en Hogar Crea Dominicano para Menores en Santiago.

LUIS:

“Yo amanecía vendiendo droga”

Fue en su casa que Luis, de 11, probó la droga llevada por su hermano, de 12, quien hoy tiene más de seis meses preso en Najayo Menores por robo. Dudó un momento, pero ya conocía ese mundo por su padre consumidor, quien también está en la cárcel. “Yo me crié con mi mamá y mi hermano nada más”, recuerda.

“Yo lo que le dije a él que no, que eso es droga, que eso hace daño”, cuenta Luis que le respondió a su hermano cuando le presentó por primera vez ese polvo. “Pero después me gustó, seguí consumiendo, consumiendo, lo hacía todos los días, no era na’ pa mí. Hasta tres veces yo fumaba, por la mañana, en la tarde, antes de acostarme, pero después, cuando yo empecé a usar cocaína, yo amanecía oliendo a veces”, cuenta a esta redactora mientras mantiene su mirada en un “punto ido”.

“Yo fumaba marihuana, pero después con el tiempo empecé a usar cocaína”, aclara.

Sentado bajo una mata de mango y sintiendo una brisa fresca, el jovencito delgado y de tez oscura que deja ver dos de los tres tatuajes que tiene: uno en la mano y otro en el tobillo, recuerda que se unió a pandillas. Dejó de estudiar el octavo grado hace unos tres años.

Su tío, mayor de edad, lo inició en el negocio del microtráfico. “Él me daba sustancias. Un ejemplo, él me daba 20 gramos y me daba cinco pa’ mí, y 15 pa’ él, a 500 (pesos) el gramo, cosas así, negocios, y yo agarraba, cortaba, sacaba más pa’ mí, paraba consumiendo, yo amanecía vendiendo… Ellos lo venden puro sin cortar en la capital, entonces el tío mío lo llevaba para allá (Villa Altagracia) y de uno hacía dos y así”, explica.

Luis no robaba porque en realidad conseguía mucho dinero y no lo compartía, lo usaba para comprar más droga y “a veces pa’ comprar ropa, quería armas de fuego, un sinnúmero de cosas negativas”.

A los 13 años entró a un Hogar Crea de la capital, pero escapó y volvió a consumir el doble, típico en las recaídas. “Estaba incómodo yo. Me fui, agarré mi ropa y me fui”, dice.

Ahora que volvió a rehabilitación, llevado por su mamá, ha pensado en innumerables ocasiones en por qué no se devuelve el tiempo para no haber vivido así. La desintoxicación no es fácil para el jovencito de 16 años. “Me siento incómodo, me siento mal por dentro, así, ansioso, quiero comer mucha comida para matar la ansiedad”, dice.

Cuando se rehabilite no quiere volver a su casa. Afirma que los menores de Villa Altagracia están perdidos en las pandillas y las drogas.

Raúl:

“Mi papá me puso a vender droga”

La marihuana que vendía Raúl con apenas 12 años, se la suministraba su papá. Su padre, dice, ha estado preso unas tres veces y tenía “un viaje” vendiendo. No solamente lo indujo a ello, sino que ambos llevaban mujeres a su casa en Pantoja, Los Alcarrizos, con quienes sostenían relaciones sexuales. Las de Raúl eran menores. “Yo tenía un negativo en la calle… Un negativo, como estar en la calle, creyéndose que uno es un tíguere, siendo nadie”, dice.

“Yo salía a la calle, yo comencé la calle desde chiquito, comencé a portarme mal primero, a faltarle el respeto a las personas de la comunidad, a mi mamá… Yo no cogía pela, a mí me daban una pela y me importaba que me dieran otra”, recuerda. “Yo mismo me creía que yo era un delincuente”, agrega.

Raúl salía a vender drogas de noche, por las calles oscuras de Pantoja. La relación con su madre, quien se fue a vivir a España, no era buena. “Muchas veces le robaba después dinero a mi mamá… me robé como dos cadenas”, dice. Sin embargo, en los seis meses que tiene rehabilitándose, luego que su padre y su abuela lo llevaran a Hogar Crea para Menores, dice que aprendió a querer a su mamá. “Chacha, después que yo reconocí, vine a quererla”, dice.

Con un semblante tranquilo, ahora Raúl reconoce que estaba mal. “Pero, hay algo que dicen, que uno nunca puede borrar su pasado”, señala.

Cuando vuelva a su casa quiere ser “un buen actor, como estar tranquilo en mi casa, tener mi familia”, concluye.

CARLOS:

“Yo vendía en un día hasta siete fundas”

A sus 10 años Carlos era indoblegable. El cariño de sus abuelos no pudo alinearlo con la crianza que trataban de darle y no le valían consejos de sus vecinos del sector Mendoza, en Santo Domingo Este. Fue en ese ambiente que su primo de 22 años, quien hoy está preso en Najayo, lo empezó a aprovechar como “mula” para vender marihuana, ya que podía ser apresado por tener una ficha en la Policía y el pequeño no. “Algunas veces me querían dar golpe y él (el primo) iba allá y le decía: no, no le den golpe, mejor denme a mí”, cuenta.

Con un movimiento de su cabeza, Carlos responde que no se sentía bien sirviendo de mula. “Ya yo estaba haciendo lo mal hecho”, dice. Sin embargo, su rebeldía era mayor y continuaba en el negocio con el que su primo se hacía de dinero y apenas le daba RD$100 de vez en cuando. “Yo estaba acostumbrado a dárselo todo y quedarme sin na’, porque si me quedaba con algo, cuando viene a ver me ponía a probarla y yo no quería na’ de eso, y se lo daba”, dice.

Lo poco que le daba su pariente se lo entregaba todo a su madre. ¿Por qué? “porque ella me compraba ropa y tenis y yo quería que me comprara muchísimas cosas”, responde con la inocencia infantil que, pese a todo, lleva dentro.

Aunque era un “hombrecito”, dice que se asustaba cada vez que hacía una transacción. “Claro, ¡porque con eso en la mano! Uno se la pasaba así y ellos (los clientes) te daban el dinero. En la calle, ellos salían y yo se las daba. Yo vendía en un día… varias (fundas), como algunas siete por ahí”, dice.

Recuerda que duró cinco meses sirviendo de “mula”. Dejó el negocio y se dedicó a robar hasta que su mamá no soportó más y lo llevó a rehabilitación, proceso en el que lleva más de siete meses y ya habla de retomar el séptimo grado y estudiar soldadura en Infotep cuando sea grande.

Mientras recuerda lo intensamente peligrosa que ha sido su corta vida, dice que tiene miedo de volver al negocio. “Sí, porque sé que cuando viene a ver me matan”, afirma.

“…los mismos padres se descuidan; mira mi papá, nunca se preocupó, solo hizo dos muchachos y los dejó así y nunca jodió con na’, no le importaba na’ “. Luis, 16 años

mamejia@diariolibre.com

El opio afgano crea un narcoestado que mueve 2.630 millones de euros al año
El opio, la sustancia natural de la que se obtiene la heroína, es el producto nacional de Afganistán, que suministra el 90 por ciento de esta droga que se consume en el mundo.
Según el último informe elaborado por la Oficina de Drogas y Delincuencia de la ONU, la producción de opio alcanzó el año pasado las 7.700 toneladas al cultivarse 157.000 hectáreas de adormidera, la planta que genera dicha sustancia. Aunque estas cifras suponen una reducción con respecto a 2007, el opio sigue siendo un próspero negocio y el principal motor de la economía nacional al mover cada año 2.630 millones de euros.
Esa es la cantidad que, al precio que se cotiza en los países fronterizos, reportaron el opio y la heroína a los traficantes de droga afganos, mientras que los campesinos que cultivan las plantaciones de adormideras obtuvieron casi 565 millones de euros. Además, los impuestos por tales cosechas (el tradicional “ushr”) ascienden a entre 38 y 54 millones de euros, que luego se inflan a entre 154 y 309 millones durante el proceso de producción y transporte.
Esas tasas son cobradas tanto en la parte del país que controla el Gobierno del presidente Hamid Karzai como en las zonas que ya ha recuperado la insurgencia talibán, que se ha hecho fuerte en la mitad sureste de Afganistán. Además, el 98 por ciento de los cultivos de opio se concentra en tales regiones, por lo que el tráfico de drogas ya se ha convertido en la primera fuente de financiación de la guerrilla talibán.
En este sentido, la ONU calcula que los siniestros “Estudiantes del Corán” podrían obtener hasta 78 milllones de euros gracias a la droga, pero dicha cantidad será forzosamente mucho mayor debido al rápido avance de la ofensiva talibán, que cada vez cuenta con más y mejores.
No en vano, al norte de Afganistán, en los bazares de armas de la frontera con Tayikistán, con un kilo de heroína se pueden comprar 30 fusiles “kalashnikov”, seis lanzagranadas o media docena de cajas con munición.

Pero no sólo los talibanes se aprovechan de este negocio para financiar su rearme, según la OTAN, entre un 40 y 60 por ciento. La corrupción rampante en el Gobierno sostenido por Estados Unidos ha convertido a Afganistán en un “narcoestado” con ramificaciones al más alto nivel político.
La ONU calcula que los siniestros “Estudiantes del Corán” podrían obtener hasta 78 milllones de euros gracias a la droga, pero dicha cantidad será forzosamente mucho mayor debido al rápido avance de la ofensiva talibán, que cada vez cuenta con más y mejores.

De hecho, recientes investigaciones periodísticas han señalado al propio hermano del presidente Karzai como uno de los mayores traficantes de droga del país. A pesar de las sospechas, todas estas acusaciones han sido rechazadas y calificadas de “vendettas políticas” por Ahmed Wali Karzai, que es gobernador de Kandahar, una de las provincias sureñas donde la insurgencia talibán tiene su bastión.
Cierto o no, la heroína es el negocio que mantiene en el poder a los “señores de la guerra” que dirigen el país desde sus respectivas regiones. Y hasta han empezado a circular ya ciertas teorías que implican a la CIA y al Ejército estadounidense en el tráfico de drogas, como ocurrió en el Triángulo de Oro durante la Guerra de Vietnam en los años 70.

Desde la caída del régimen talibán en diciembre de 2001, la producción de opio se ha multiplicado por 33, ya que los integristas islámicos llevaron el tradicional cultivo de adormideras a sus niveles más bajos.
Desde la caída del régimen talibán en diciembre de 2001, la producción de opio se ha multiplicado por 33, ya que los integristas islámicos llevaron el tradicional cultivo de adormideras a sus niveles más bajos.
Aunque la ONU intenta incentivar el cambio de tales plantaciones por otros productos agrícolas, los paupérrimos campesinos afganos se aferran al único cultivo que puede reportarles algunas ganancias, debido a la enorme demanda de los clanes de la droga. Además, éstos se sienten a salvo de las fuerzas multinacionales destinadas en Afganistán, ya que países como España, Alemania, Italia y Polonia se muestran reacios a que sus soldados intervengan en operaciones no militares, sino policiales, contra el narcotráfico. Todo ello a pesar de que la heroína está espoleando la ofensiva talibán y trayendo de nuevo la guerra al siempre convulso Afganistán.

Fuente: www.abc.es

Recordando el cuento o leyenda del Flautista de Hamelin me asalta la duda de que si al final de de la historia no triunfaron las ratas ahogadas en el río Weser, con una venganza póstuma, pues dejaron al pueblo sin sus niños y niñas.

 

Ratas -con dos patitas- haberlas ahilas por doquier y en alarmante aumento.
Uno de los mayores inconvenientes para combatirlas es que se esconden y aunque a veces son muy atrevidas, viven en subterráneos y poseen gran astucia. Lógicamente esto dificulta su persecución y a pesar de los modernos raticidas, la lucha contra ellas no es fácil.
Son portadoras de enfermedades y económicamente nefastas. Su mordedura puede acarrear la temible rabia.  Desde luego, como para fiarse de ellas.
Los gatos, de diferente color y pelaje, las persiguen sin demasiado éxito y hasta los gatunos jefes Misifú y Zapirón, a día de hoy, tampoco han conseguido demasiado en su lucha contra estos múridos.
Así las cosas, la solución ideal seria, que como en la ciudad de Hamelin, apareciese un providencial personaje que tocando su flauta prodigiosa las embaucase de tal modo, que hipnotizadas por la dulce melodía, abandonaran el pueblo y se precipitaran en el río para perecer.
Bueno, la solución del cuento tampoco sería necesaria al pie de la letra ya que con su desaparición sería suficiente.
No siempre se tiene cerca un caudaloso río.
Después sería menester ser generoso con el flautista para evitar su venganza, y así, el triunfo póstumo de la turba rateril.
Claro que todo esto sucedería en un mundo de ilusión, pero aquí vivimos la realidad y no podemos estar a la espera del mágico flautista que nos haga el trabajo. Pues en ese mientras tanto somos nosotros quienes debemos hacer nuestra la obligación de impedir el progresivo aumento de tan indeseables como asquerosos bichos. Y se impone la necesidad de proceder a su erradicación  por una cuestión práctica de supervivencia, pero también de higiene ambiental y hasta si se quiere de estética.
Si un día apareciera el anhelado flautista, acordaremos con él el justiprecio, siendo generosos y prontos en el pago y así no peligraría la chiquillería local. Ya que de repetirse lo acaecido en el cuento, las ratas, ganarían la batalla después de muertas.
En la versión que de esta historia hace R. Browinn, dice: “Y frente al lugar en que se hubiera abierto la caverna levantaron una columna y en ella escribieron esta historia y también la pintaron en el gran vitral de la iglesia, para que el mundo se enterase de que les habían robado a sus hijos”.
Pues, eso.

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