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SANTIAGO. “Carlos” tenía 10 años de edad cuando su primo le dijo que vendiera droga. Hoy tiene 14. “Luis” contaba con 11 años cuando su hermano de 12 lo indujo a probarla y luego comenzó a venderla para su tío; hoy tiene 16. Raúl vivía sus 12 años cuando su padre lo mandó a vender droga; hoy tiene 13.

A la vez que servían de “mula”, algunos robaban a los vecinos y a sus familias. Las ganancias eran para los adultos que los reclutaban, para comprarse ropa o invertirlas en más droga. Un círculo de retorno. Los clientes de Luis eran adultos, quienes iban de madrugada a su casa en Villa Altagracia.

“Ellos empezaban de un viernes a domingo, que son los días de usar polvo, de beber, los fines de semana. Entonces, ellos empezaban a ir de noche, y seguían, seguían, porque esa sustancia le da como una especie, cuando una la prueba, da seguidilla, después que uno está en el efecto uno quiere consumir, consumir, no importa lo que haga”, dice.

Los tres jovencitos, quienes tienen en común una crianza inestable, abandonaron la escuela hace años. Hoy se rehabilitan en Hogar Crea Dominicano para Menores en Santiago.

LUIS:

“Yo amanecía vendiendo droga”

Fue en su casa que Luis, de 11, probó la droga llevada por su hermano, de 12, quien hoy tiene más de seis meses preso en Najayo Menores por robo. Dudó un momento, pero ya conocía ese mundo por su padre consumidor, quien también está en la cárcel. “Yo me crié con mi mamá y mi hermano nada más”, recuerda.

“Yo lo que le dije a él que no, que eso es droga, que eso hace daño”, cuenta Luis que le respondió a su hermano cuando le presentó por primera vez ese polvo. “Pero después me gustó, seguí consumiendo, consumiendo, lo hacía todos los días, no era na’ pa mí. Hasta tres veces yo fumaba, por la mañana, en la tarde, antes de acostarme, pero después, cuando yo empecé a usar cocaína, yo amanecía oliendo a veces”, cuenta a esta redactora mientras mantiene su mirada en un “punto ido”.

“Yo fumaba marihuana, pero después con el tiempo empecé a usar cocaína”, aclara.

Sentado bajo una mata de mango y sintiendo una brisa fresca, el jovencito delgado y de tez oscura que deja ver dos de los tres tatuajes que tiene: uno en la mano y otro en el tobillo, recuerda que se unió a pandillas. Dejó de estudiar el octavo grado hace unos tres años.

Su tío, mayor de edad, lo inició en el negocio del microtráfico. “Él me daba sustancias. Un ejemplo, él me daba 20 gramos y me daba cinco pa’ mí, y 15 pa’ él, a 500 (pesos) el gramo, cosas así, negocios, y yo agarraba, cortaba, sacaba más pa’ mí, paraba consumiendo, yo amanecía vendiendo… Ellos lo venden puro sin cortar en la capital, entonces el tío mío lo llevaba para allá (Villa Altagracia) y de uno hacía dos y así”, explica.

Luis no robaba porque en realidad conseguía mucho dinero y no lo compartía, lo usaba para comprar más droga y “a veces pa’ comprar ropa, quería armas de fuego, un sinnúmero de cosas negativas”.

A los 13 años entró a un Hogar Crea de la capital, pero escapó y volvió a consumir el doble, típico en las recaídas. “Estaba incómodo yo. Me fui, agarré mi ropa y me fui”, dice.

Ahora que volvió a rehabilitación, llevado por su mamá, ha pensado en innumerables ocasiones en por qué no se devuelve el tiempo para no haber vivido así. La desintoxicación no es fácil para el jovencito de 16 años. “Me siento incómodo, me siento mal por dentro, así, ansioso, quiero comer mucha comida para matar la ansiedad”, dice.

Cuando se rehabilite no quiere volver a su casa. Afirma que los menores de Villa Altagracia están perdidos en las pandillas y las drogas.

Raúl:

“Mi papá me puso a vender droga”

La marihuana que vendía Raúl con apenas 12 años, se la suministraba su papá. Su padre, dice, ha estado preso unas tres veces y tenía “un viaje” vendiendo. No solamente lo indujo a ello, sino que ambos llevaban mujeres a su casa en Pantoja, Los Alcarrizos, con quienes sostenían relaciones sexuales. Las de Raúl eran menores. “Yo tenía un negativo en la calle… Un negativo, como estar en la calle, creyéndose que uno es un tíguere, siendo nadie”, dice.

“Yo salía a la calle, yo comencé la calle desde chiquito, comencé a portarme mal primero, a faltarle el respeto a las personas de la comunidad, a mi mamá… Yo no cogía pela, a mí me daban una pela y me importaba que me dieran otra”, recuerda. “Yo mismo me creía que yo era un delincuente”, agrega.

Raúl salía a vender drogas de noche, por las calles oscuras de Pantoja. La relación con su madre, quien se fue a vivir a España, no era buena. “Muchas veces le robaba después dinero a mi mamá… me robé como dos cadenas”, dice. Sin embargo, en los seis meses que tiene rehabilitándose, luego que su padre y su abuela lo llevaran a Hogar Crea para Menores, dice que aprendió a querer a su mamá. “Chacha, después que yo reconocí, vine a quererla”, dice.

Con un semblante tranquilo, ahora Raúl reconoce que estaba mal. “Pero, hay algo que dicen, que uno nunca puede borrar su pasado”, señala.

Cuando vuelva a su casa quiere ser “un buen actor, como estar tranquilo en mi casa, tener mi familia”, concluye.

CARLOS:

“Yo vendía en un día hasta siete fundas”

A sus 10 años Carlos era indoblegable. El cariño de sus abuelos no pudo alinearlo con la crianza que trataban de darle y no le valían consejos de sus vecinos del sector Mendoza, en Santo Domingo Este. Fue en ese ambiente que su primo de 22 años, quien hoy está preso en Najayo, lo empezó a aprovechar como “mula” para vender marihuana, ya que podía ser apresado por tener una ficha en la Policía y el pequeño no. “Algunas veces me querían dar golpe y él (el primo) iba allá y le decía: no, no le den golpe, mejor denme a mí”, cuenta.

Con un movimiento de su cabeza, Carlos responde que no se sentía bien sirviendo de mula. “Ya yo estaba haciendo lo mal hecho”, dice. Sin embargo, su rebeldía era mayor y continuaba en el negocio con el que su primo se hacía de dinero y apenas le daba RD$100 de vez en cuando. “Yo estaba acostumbrado a dárselo todo y quedarme sin na’, porque si me quedaba con algo, cuando viene a ver me ponía a probarla y yo no quería na’ de eso, y se lo daba”, dice.

Lo poco que le daba su pariente se lo entregaba todo a su madre. ¿Por qué? “porque ella me compraba ropa y tenis y yo quería que me comprara muchísimas cosas”, responde con la inocencia infantil que, pese a todo, lleva dentro.

Aunque era un “hombrecito”, dice que se asustaba cada vez que hacía una transacción. “Claro, ¡porque con eso en la mano! Uno se la pasaba así y ellos (los clientes) te daban el dinero. En la calle, ellos salían y yo se las daba. Yo vendía en un día… varias (fundas), como algunas siete por ahí”, dice.

Recuerda que duró cinco meses sirviendo de “mula”. Dejó el negocio y se dedicó a robar hasta que su mamá no soportó más y lo llevó a rehabilitación, proceso en el que lleva más de siete meses y ya habla de retomar el séptimo grado y estudiar soldadura en Infotep cuando sea grande.

Mientras recuerda lo intensamente peligrosa que ha sido su corta vida, dice que tiene miedo de volver al negocio. “Sí, porque sé que cuando viene a ver me matan”, afirma.

“…los mismos padres se descuidan; mira mi papá, nunca se preocupó, solo hizo dos muchachos y los dejó así y nunca jodió con na’, no le importaba na’ “. Luis, 16 años

mamejia@diariolibre.com

Es la última tendencia en la noche de los sábados: mezclar alcohol con bebidas energéticas. Un nuevo estudio, publicado en la revista “Alcoholism: Clinical & Experimental Research“, demuestra que esta combinación puede aumentar los riesgos asociados a la ingesta exclusiva de alcohol.

“Hay pocas investigaciones que examinen y comparen los efectos producidos por esta mezcla frente a los del alcohol solo”, exponen los autores de este trabajo, realizado en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Maryland (EEUU). Para valorarlo, escogieron a 56 universitarios estadounidenses con edades entre los 21 y 33 años.

De forma aleatoria fueron asignados a cuatro grupos: unos tomaron sólo alcohol, otros lo combinaron con bebidas energéticas, algunos ingirieron estas consumiciones y otros una bebida inactiva a modo de placebo. Los investigadores observaron sus comportamientos después de beber y les pidieron que expusieran sus sentimientos y sensaciones sobre su nivel de estimulación, sedación, capacidades sensoriales y grado de intoxicación.

Todos los que habían bebido tenían menor control sobre sus impulsos, sin embargo, “quienes tomaron el cóctel de bebidas creían tener más dominio que aquellos que sólo habían ingerido alcohol, lo que aumenta el riesgo de que realicen actos como conducir en estado de embriaguez”, advierten los expertos. Esto se debe, según concluyen, a un “significativo aumento de la estimulación” que se da en este grupo específico.

Cabe subrayar que estas consumiciones tienen altos niveles de cafeína, hasta tres y cuatro veces más que una bebida de cola. Consiguen enmascarar los efectos del alcohol y engañar al consumidor, haciéndole creer que no está tan afectado o tan borracho y que, por lo tanto, podría seguir tomando unas copas más o realizar tareas para las que no está preparado, como ponerse al volante. Y la realidad, muy a su pesar, es que sus capacidades sensoriales están tan mermadas como las que alguien que ha bebido la misma cantidad de alcohol sin mezclar.

“Sería recomendable poner en las bebidas energéticas una etiqueta de advertencia que diga que no deberían mezclarse con el alcohol”, apostilla Cecile Marczinski, profesora de Psicología de la Universidad de Kentucky (EEUU). Apuesta, además, por informar a la población de sus efectos a corto y largo plazo sobre su salud.

Según los médicos, quienes son más sensibles a la cafeína pueden sufrir alteraciones en la frecuencia cardiaca y la tensión arterial. Si la bebida energética también contiene taurina (un aminoácido), pueden presentarse arritmias y taquicardias. A largo plazo, el consumo de este tipo de bebidas puede provocar enfermedades graves, como tumores, hígado graso, hepatitis o cirrosis.

Protagonista de las noches de ocio juveniles y puerta de entrada al consumo de otras sustancias, el alcohol es el protagonista de la nueva campaña que acaba de presentar la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD). No en vano, se trata de la sustancia más consumida en España en la población entre 15 y 64 años.

“Lo que de verdad nos preocupa es que la sociedad tenga asimilada la idea de los 13 años como inicio al alcohol, cuando la Ley limita tomar esta sustancia a partir de los 18″, ha comentado el director general de la FAD, Ignacio Calderón.

Lo que plantea esta campaña es sensibilizar y propiciar la reflexión sobre el consumo de alcohol, especialmente entre los jóvenes y adolescentes.“El alcohol se ha convertido en el protagonista indiscutible de las noches de ocio juveniles, llegando a producirse el “consumo de atracón”, en el cual casi un 29% de chicos y un 18% de chicas se pueden tomar cinco o seis copas en un periodo de dos horas”, explica Ignacio Calderón.

Según la Encuesta Domiciliaria sobre Alcohol y Drogas del Plan Nacional sobre Drogas (2009-2010), la incidencia de consumo de alcohol en nuestro país alcanza el 78,7% de la población, lo que supone un aumento con respecto a las tasas de 2007, especialmente entre la población más joven.

De hecho, el 28,4% de los chicos de 15 a 24 años y el 18% de las chicas de la misma edad se habían dado un atracón de alcohol en el último mes (en forma de cinco o más bebidas en sólo un par de horas). “Si queremos centrar nuestro foco de atención en los jóvenes, es absolutamente indiscutible que la primera sustancia que debemos tratar es el alcohol”, ha reconocido la FAD en la presentación de su nueva campaña “¿Qué debemos hacer con el alcohol?”.

Para el director general de la FAD, el “consumo de atracón” es un problema en nuestra sociedad producido por el cambio en la dieta mediterránea. “Hemos pasado de beber alcohol en familia, que es una forma de contacto social en la dieta mediterránea a la dieta nórdica que establece un patrón de consumo excesivo para salir de fiesta. El llamado consumo de atracón”, afirma Calderón.

La pregunta que deja en el aire esta campaña es que “quizá como sociedad no tenemos nada claro qué lugar debe ocupar el alcohol. Nos escandalizamos con los datos alarmantes sobre borracheras adolescentes, pero nos olvidamos de que está omnipresente en nuestra sociedad, en nuestras relaciones, en nuestras fiestas…”. Por eso, las distintas tertulias que podrán verse en los spots televisivos ponen el dedo en la llaga sobre la normalidad con que se asume el protagonismo de esta sustancia en fiestas y reuniones sociales.

Según datos de la propia FAD, el alcohol se encuentra entre los iconos más representativos de la sociedad española (junto con el deporte, la familia o el coche) y un 84% de encuestados lo considera “bastante o muy representativo” de nuestra sociedad. En cambio, sólo la mitad de los entrevistados entre 20 y 24 años lo considera “bastante o muy peligroso”.

Es tal la omnipresencia de las bebidas alcohólicas que tres de cada cuatro españoles se tomaron una copa en el último año y más de uno de cada tres lo hace todos los fines de semana (un 13% bebe alcohol a diario).

Fuente: El mundo.es

Problemas familiares

Los adolescentes al vivir una etapa de crisis y al tratar de evadir los problemas, buscan salidas fáciles o formas de olvidarlos, por ejemplo por medio del alcohol y las drogas.

Muchas veces las adicciones surgen por problemas dentro de la familia (incomprensión, falta de comunicación, golpes, maltrato intra-familiar, rechazo, padrastros, abandono, falta de recursos económicos, dificultades escolares, pobreza absoluta y desamor), al sentir que no son queridos en los hogares, los adolescentes tienen la impresión de no ser escuchados o tomados en cuenta.

Caen en un error al tratar de solucionar los conflictos por medio de las drogas, creyendo que sólo van a ingerir una vez la sustancia, pero en realidad se genera la costumbre o la adicción, esto ocasiona que los problemas familiares aumenten, ya que la droga consumida es más fuerte, y al no querer o poder dejarla, a veces los adolescentes optan por abandonar el hogar, convirtiéndose en niños de la calle, en la que se exponen a riesgos de gran magnitud como contraer enfermedades, ser golpeados, soportar abusos, explotación, hambre y abandono.

El tiempo que persista el efecto de la droga en su organismo, es equivalente al del abandono de sus problemas, después, todo vuelve a la realidad, las situaciones preocupantes siguen ahí e incluso aumentan por la adicción generada.

Influencias sociales

También recurren a las drogas cuando se presentan problemas en su alrededor. Por ejemplo: Al no ser aceptado por los amigos o una condición para ingresar a cierto grupo es el ingerir droga, ser como ellos, imitarlos, hacerles creer que “los viajes” son lo máximo, o lo peor, caer en la influencia social. Los adictos pueden hacer los comentarios que quieran sobre la persona que no está dispuesta a entrar en las drogas; los adolescentes deben ser muy conscientes de sí mismos y mantener su postura de decir NO.

Los jóvenes que no quieren consumir la sustancia, deben saber cuidarse de las amistades que manifiestan insistencia, pues su obsesión puede ser tan grande que estarán buscando el momento adecuado para inducirlos, por ejemplo, pueden disolver la droga en su bebida o en sus alimentos. Éstos esperarán el momento en que haga efecto la droga para poder dañarlos. Nunca deben aceptar estas cosas por parte de personas adictas y lo más conveniente es alejarse de ese tipo de grupos, que suelen llamarse “amigos”.

Ser problemático puede ser causa de la influencia de los compañeros, como hacerlos caer en la delincuencia. Ya que los robos que son realizados por adictos, no son primordialmente por cuestiones de hambre, sino por la necesidad de seguir drogándose. Esto ocasiona tener problemas con las autoridades y posteriormente ser sometidos a las cárceles.

Cuando los adictos aún están es sus casas, presentan depresión y aislamiento mental, lo que provoca bajo rendimiento o ausentismo escolar y mala comunicación familiar.

 

Curiosidad

En ocasiones los jóvenes con una curiosidad insana, por observar que algunos adolescentes de su edad imitan el acto de probar y sentir el uso de cualquier droga. Además algunas drogas como los inhalantes, son de fácil acceso para ellos, son autorizadas y vendidas a bajo costo en cualquier abastecimiento, lo que ocasiona ventaja de consumo.

Al aceptar el organismo la tranquilidad y relajación del efecto de la droga, ocasiona que éste exija el consumo nuevamente, pero con la misma dosis ya resulta insuficiente, lo que hace aumentar cada vez más la cantidad para sentir los mismos efectos, dando paso a la adicción. Algunos jóvenes que experimentan el sentir de bienestar o el simple hecho de “andar en un viaje” y que al consumir la droga su organismo los rechaza de una forma brusca, por lo general éstas personas no vuelven a intentarlo

Problemas emocionales

Cuando surgen los problemas en la vida de algunos adolescentes (regaños, golpes, desconfianza, incomprensión, conflictos económicos en la familia, padres adictos o divorciados, dificultad de aprendizaje escolar, etc.), reflejan una gran depresión emocional, en la que pueden sentirse llenos de rencor, ira y vergüenza, por el comportamiento de los padres, amigos o conocidos. Estos jóvenes buscan la manera

de que no les afecte gravemente en su estado emocional y utilizan una forma de salir de ellos con ayuda de una adición.

Los problemas generalmente ocasionan en los adolescentes depresión, sentimiento de culpa, autoestima baja, evasión de la realidad, desamparo y prepotencia, ellos piensan que son los causantes del daño y posteriormente con el uso de las drogas (incluyendo alcohol y tabaco) creen librarse de las dificultades, aunque no siempre recurren a las drogas, sino también se presenta en otro tipo de adicciones como:

- Comer demasiado
- Pasar mucho tiempo en los videojuegos
- Escuchar música
- Jugar y apostar
- Bailar
- Ver televisión
- Realizar colecciones de manera obsesiva, entre otros.

Estos últimos, generan una adicción por el uso frecuente en que recurren a ellos; aunque no son tan dañinos para la salud, son tomados para salir de las broncas, como una forma de tranquilizar su cólera.

Los desafíos de la vida contemporánea, nos enfrentan a una sociedad en la que sólo se ofrece una ideología del éxito fácil, la ley del menor esfuerzo, el individualismo a ultranza y el sálvese quien pueda. Ideología en la que se construye el esquema de creencias y valores típicamente adictivo. En este contexto, el desafío que enfrenta cada escuela y cada familia, es construir sus propios valores y normas internas y defenderlas. Construir su propio universo en donde las cosas sí funcionen. Esto exige una renovación y creatividad por parte de las familias y de los profesionales en las diversas áreas, para poder generar alternativas válidas que promuevan un ambiente favorable para la educación y el crecimiento de una generación de individuos funcionales y productivos para la sociedad y para sí mismos.
Hoy, en países como la Argentina, casi el 50% de los adolescentes prueban drogas y de estos, ¿cuál es el porcentaje que continúan consumiendo? Es incierto. Esto dependerá de algunos factores como las características de personalidad, el contexto familiar y social al que pertenecen.

Promover conductas sanas
La prevención en adicciones clásica dependía casi exclusivamente de la información, tanto para los adolescentes, como para los padres y docentes. Esta información se refería a los tipos de drogas que existían, como se consumían y que efectos producían. Este tipo de prevención concluyó por ser en algunos casos una propaganda más que una estrategia preventiva.
Actualmente el paradigma de la prevención, su filosofía, es la promoción de conductas sanas, objetivo que sólo se puede lograr abordando al individuo desde su más temprana infancia. En esa etapa se forma su sistema de creencia, su sistema de control, sus pautas de interacción, sus valores morales y su socialización. Es en este punto donde las instituciones (como la familia, la escuela etc.,) ocupan un papel preponderante en la formación de un sujeto libre de conductas marginales, sujeto apto para la convivencia en sociedad.
La clave de la prevención es la capacitación de los padres y docentes, es por esto que a continuación enumeraremos algunos mínimos lineamientos para que puedan empezar.

La mejor prevención empieza por casa
Hace poco tiempo las relaciones entre padres e hijos estaban teñidas por una filosofía sumamente Normativa, basada en la puesta de límites, pero muy poco diálogo. Hoy parece que esta generación se ha ido al extremo opuesto. Actualmente la filosofía es sumamente Nutritiva, prepondera lo emocional por sobre lo normativo, tenemos niños pequeños conduciendo los hogares, con todo lo que esto implica.
Por otro lado, el cambio en el lugar de la mujer dentro de la sociedad generó otro enemigo para la educación de nuestros hijos: la culpa de estar afuera de la casa, trabajando. Esta culpa nos hace claudicar a la hora de poner un límite. Hoy encontramos padres excesivamente permisivos que confunden amor con “dejar hacer”.

La pareja, un trabajo en conjunto
Es necesario que nos pongamos de acuerdo. Los lineamientos en casa tienen que ser parejos, no podemos decirles “no” y el otro progenitor al mismo tiempo decir “si”. Los desacuerdos maritales se ven reflejados en el síntoma de un hijo. El pondrá a prueba a la pareja. Desde bebé, el niño detecta las fisuras entre los padres y las aprovecha para poder hacer lo que él quiere. Esto le da el poder de fracturar a la pareja, cuestión que lo deja en la indefensión y el pánico.

Sugerencias para las diferentes etapas
• De 0 a 3 años: El bebé en sus primeros meses de vida depende exclusivamente de nosotros, no sólo para comer, dormir y vestirse, sino para comunicarse. Pasados los primeros tres meses de vida, somos nosotros con nuestras actitudes los que le iremos comunicando al bebé quién determina los tiempos de dormir, de jugar, de comer, etc.
También irá decodificando el tipo de pareja que tienen sus padres, si están integrados o fracturados.
Pongámonos de acuerdo.
Enseñémosle a esperar.
Tantos juguetes, logrará contactarse con alguno?
Esa abuela que lo cuida, ¿continúa con los lineamientos de los padres?
• De 3 a 6 años: Dediquémosle tiempo para jugar y charlar, enseñémosle que es en el seno familiar donde se resuelven las dudas los miedos y las dificultades.
Mostrémosle que él también es responsable de algunas cosas en casa, no esperemos a la adolescencia para que se haga la cama, etc., en ese momento será más difícil.
La escuela, será el lugar en donde este niño empezará a vivir en sociedad. Testeemos cómo lo hace. Es necesario integrar a la escuela en la alianza educativa. No mostremos fracturas con la institución.
Comencemos a informar al niño sobre la diferencia entre lo nutritivo y lo tóxico, comenzando por los alimentos, las golosinas y las actividades en general.
• De 6 a 10 años: En esta etapa comienzan a consolidarse y fijarse las normas de la familia en la psiquis del niño. Seamos lógicos, coherentes y constantes. No es necesario poner límites con violencia. El límite con amor es fundamental y efectivo. Veamos que el balance entre privilegios y responsabilidades sea viable. Si ponemos una penitencia, ¡cumplámosla!.
Es importante familiarizarse con las amistades de nuestros hijos; el contexto social en algunos momentos será definitorio.
La comunicación en esta etapa va cobrando aún mas relevancia. Es importante que nuestro hijo sepa que cuenta con nosotros. Escuchemos, transmitamos mensajes claros, seamos modelos del buen comportamiento, recordemos que la comunicación no es sólo verbal. Pensemos que la hora de cenar o de almorzar son espacios ideales para la comunicación, no los desaprovechemos mirando TV.
• De 13 a 15 años: Muchos jóvenes comienzan en esta época a utilizar drogas. Conozcamos los amigos de nuestros hijos. Contrastemos la influencia del entorno, reforcemos normas y modelos a imitar.
Expliquémosle que el efecto desfavorable de las drogas se ve con el tiempo. El uso de drogas es inmanejable, aunque hoy el mensaje social sea otro. Informémosles que es ilícito y que “no todos lo hacen”.
Enseñémosle a nuestro hijo a decir “no”. Entrenemos situaciones supuestas en las que recibirá este tipo de propuestas y cómo hacer para rechazarlas sin sentirse un “tonto”.
Estemos atentos a sus actitudes: si estas comienzan a cambiar bruscamente, consultemos a un centro de rehabilitación.
Estas actitudes podrían ser: llegadas tarde a casa, cambios de humor repentinos, dormir demasiado, cambiar de amistades, bajo rendimiento escolar, etc.
• De 15 a 18 años: Adelante con los lineamientos. Van a surgir situaciones cada ves mas difíciles, ya que las horas no supervisadas cada vez son mayores. Estimulemos a nuestro hijo para que haga actividades de acción social, deportivas, culturales, es importante reducir el tiempo libre. El ocio debe ser creativo. Comuniquémonos con los padres de sus amigos, para así poder armar una red de contención.
Estemos en comunicación con la escuela y procuremos que la Institución también esté interesada en la prevención del consumo de sustancias.
Si ves a un adolescente que se droga, AYÙDALO.
Si conoces a un vendedor de dogas, DENÙNCIALO.
“NI DROGAS NI TRAFICANTES”.

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