Testimonio en primera persona.

Cuando tenía 18 años me enamoré de alguien que no me convenía.   Una persona que -quién sabe por qué motivos- me hacía sufrir de una forma que no voy a describir por aquello de no recrearme en el dolor. Yo apenas era consciente de que el origen de mi malestar se encontraba en sus actitudes, en su forma de tratarme. En vez de apuntar allá dónde en realidad estaba el motivo de tanta angustia, decidí desviar las causas a otros lugares.   La familia siempre es lo más socorrido en estas situaciones; y no para buscar auxilio sino para echarle la culpa de todas tus miserias. En mi caso fue fácil, hija de padres separados, siempre tenía la excusa perfecta para culpabilizar a uno u a otro. Cualquier cosa antes que reconocer que las causas estaban en una relación del todo destructiva.   Era completamente incapaz de ver la realidad. Dicen que el estado ideal es el enamoramiento y, sin duda, lo es, ahora lo sé. No obstante, en aquellos tiempos en los que una todavía no tiene ni pajotera idea de lo que es eso, para tirar adelante hace uso de ese gran mecanismo con el que todos contamos: el autoengaño.   Mediante el autoengaño nos convertimos en verdaderos farsantes. Cuando la realidad es demasiado fea, aparece él y nos ayuda a aceptarla; no la auténtica realidad, sino la única que somos capaces de aceptar en ese momento. Entonces, cuando alguien que nos quiere, viene a advertirnos sobre ese tipejo (o tipeja) del que nos hemos enamorado, le contestamos: oye, que ese no es el problema, yo con él estoy de fábula, solo él sabe hacerme feliz, el problema son los demás… Con la droga pasa exactamente lo mismo.   Una amiga me ha preguntado si era feliz cuando me drogaba. Es una pregunta fácil y al mismo tiempo difícil de contestar. Si me lo hubiera preguntado -en aquellos tiempos- después de tomarme dos copas, en plena sala de baile y rodeada por aquellos que -en teoría- eran mis colegas, le hubiera dicho que era la persona más feliz del universo, no lo hubiera dudado. Si me lo hubiera preguntado más tarde, cuando ya eran 14 copas y 1 gramo de cocaína lo que llevaba en el cuerpo, le hubiera contestado que la felicidad era una invención humana, un futurible a lo sumo, algo abstracto que a mi poco o nada me interesaba. Si la pregunta me la hubiera hecho al día siguiente, cuando yo llevaba 24 horas sin dormir y sin comer, le hubiera dicho (de muy malas maneras) que de qué coño me estaba hablando, ¿felicidad? eso es para unos pocos mentecatos.   Pero, me lo ha preguntado hoy así que voy a intentar contestar desde mi perspectiva, después de casi 6 años sin consumir:   Drogarse, al principio, es como enamorase del malo del colegio, de la universidad o del curro. A nadie le gusta que lo hagas pero tú te pegas unos subidones de escándalo. Al principio todo es pura emoción, nunca sabes qué va a ocurrir, cómo te vas a sentir; y un pensamiento se mantiene en tu cabeza: eres capaz de todo y estás viviendo lo mejor de tu vida, al límite… Los demás que digan lo que quieran. Pero van pasando los meses, y ese noviete (léase la droga) empieza a mirar a otras chicas. Tú ya no te sientes en la cresta de la ola sino que empiezas a sentir una asfixia importante, nosotros lo llamamos síndrome de abstinencia, en el amor sería algo así como celos, impotencia, frustración, angustia, etc. Pero la cosa no acaba allí, el chico, -además de serte infiel- te grita, te insulta, te hace sentir poca cosa, te hiere constantemente. Pero, aún así, tú sigues esperando a que te diga que te quiere o, por lo menos, a que te llame; y, cuando vuelve a hacerlo, cuando vuelve a despreciarte, te juras a ti misma que no volverás a cogerle el teléfono o a abrirle tu casa. Pero, ¿cuánto tardas en volver a él?   Así son las cosas cuando te haces adicto. Primero te sientes la leche, después, todos los años que siguen, elaboras una gran mentira sobre la que argumentar todo lo que necesitas para poder seguir drogándote. Finalmente, cuando la mentira ya no se sostiene, te quedan dos opciones: dejarla o morirte con ella.   Nadie es capaz de ser feliz con la droga, como tampoco puede serlo con alguien que le hace sufrir. Pero todos somos capaces de vivir en el más absoluto autoengaño para poder seguir soportando una cosa u otra.

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