Eric J. Nestler y Robert C. Malenka

 

Eric J. Nestler y Robert C. Malenka estudian las bases moleculares de la drogadicción. Profesor y director del departamento de psiquiatría de la fa­cultad de medicina de la Universidad de Texas en Dallas, Nestier ingresó en el Instituto de Medicina en 1998. Ma­lenka enseña psiquiatría en la Univer­sidad de Stanford. Anteriormente había dirigido el centro de neurobiología de la drogadicción adscrito a la Universi­dad de California en San Francisco.

 

 El consumo de drogas produce trastornos duraderos en el circuito de recompensa del cerebro.La comprensión de las bases moleculares de dichas alteraciones ofrece nuevos enfoques para tratar el comportamiento compulsivo del adicto.

 

 

 Rayas blancas sobre el espejo. Una aguja y una cuchara. Sólo con ver la droga o cual­quiera de los utensilios que la suelen acom­pañar, el toxicómano empieza a estremecerse. Anticipa el placer. Luego, vaciada la jeringa, llega la euforia real: calor, claridad, visión, alivio, sensación de ocupar el centro del universo. Durante unos ins­tantes, todo parece hermoso. Pero algo ocurre tras el consumo repetido de una droga, sea ésta heroína, co­caína, whisky, anfetamina o nicotina.

La dosis que antes producía euforia empieza a re­sultar insuficiente. Pincharse o aspirar el humo se convierten en una necesidad. Sin la droga, se hunde en la depresión y, a menudo, enferma. Empieza a dro­garse de forma compulsiva. Se ha hecho adicto. Pierde el control sobre el narcótico y sufre el síndrome de abstinencia. La adicción mina su salud, su bolsillo y su relación con los demás.

Por tratarse de sustancias químicas que intensifican el sistema cerebral de recompensa, las drogas produ­cen sensación de euforia. Dicho sistema está formado por un complejo circuito de neuronas que ha evolu­cionado para proporcionarnos el placer de la mesa y del sexo, actividades necesarias para sobrevivir y trans­mitir nuestros genes. Al menos inicialmente, la exci­tación de este sistema nos aporta bienestar y nos anima a repetir cualquier actividad que nos produzca placer.

De acuerdo con la investigación reciente, el con­sumo repetido de drogas induce cambios en la estruc­tura y la función de las neuronas del sistema de re­compensa que persisten semanas, meses o incluso años tras la última dosis. En un mecanismo perverso, esta adaptación del cerebro suprime los efectos pla­centeros que el adicto busca en las sustancias psico­activas. El deseo vehemente y compulsivo de droga le atrapa en una espiral de consumo, a la vez que fomen­ta el absentismo laboral y el abandono del hogar. Una mayor comprensión de estas alteraciones neuronales debería contribuir al desarrollo de nuevos tratamien­tos de la adicción que ayudaran a recuperar el cere­bro y la vida del drogadicto.

Comportamiento compulsivo

Estudios con animales de laboratorio, iniciados hace ya unos cuarenta años, han permitido comprobar que va­rias drogas siguen una misma trayectoria cerebral en su progreso del consumo a la adicción. Si se les brinda la oportunidad, ratas, ratones y primates no humanos se autoadministrarán las mismas substancias con las que se droga el hombre. En estos experimentos, los anima­les se conectan a una vía de inyección intravenosa. Aprenden a apretar tres palancas: una para recibir una infusión intravenosa de droga, otra para inyectarse una solución salina inocua y una tercera para alcanzar el alimento. En pocos días, los animales se han habituado: se autoadministran con toda facilidad cocaína, heroína. anfetamina, nicotina y otras.

Aún más, acaban presentando comportamientos típicos de la adicción. Para drogarse, son capaces de renunciar a la comida y el sueño; algunos incluso llegan a morir por agotamiento o malnutrición. En el caso de las sustancias más adictivas, como la co­caína, los animales pasarán la mayor parte del tiempo en vigilia, afanán­dose por conseguir otra dosis, aun cuando eso signifique tener que pre­sionar la palanca cientos de veces para obtenerla.

Igual que los adictos humanos, a los que cualquier referencia a la droga (sea el lugar de con­sumo o los útiles de su aplicación) les provoca una intensa ansiedad por conseguir una dosis, los animales ter­minan por preferir un entorno rela­cionado con el estimulante (la zona de la jaula donde se halla la palanca que les proporciona bienestar).

Cuando se les quita la sustancia, los animales pronto abandonan ese afán por la compensación química. Pero no olvidan el placer. Una rata que haya permanecido “limpia”, in­cluso durante meses, volverá a pre­sionar de forma compulsiva la pa­lanca si se le deja probar cocaína o se le encierra en una jaula que ella asocia con su consumo. De modo parecido. las señales que puedan convertirse en indicado­res del suministro de droga, como una descarga eléctrica en la pata, provocarán que la rata vuelva a la droga. Los mismos tipos de es­tímulos, exposición a dosis ba­jas o signos vinculados al estupe­faciente despiertan el deseo y provocan la recaída en el adicto humano.

Apoyándose en tales experimen­tos de autoadministración, se han cartografiado las regiones del cere­bro que participan en el comporta­miento adictivo y se ha descubierto la función principal del sistema de recompensa. Las drogas se hacen con el control del sistema y esti­mulan su actividad con una energía y persistencia superiores a cualquier recompensa natural.

Un componente clave del circuito de recompensa es el sistema me­solímbico de la dopamina: un con­junto de células nerviosas que tie­nen su origen en el área tegmental ventral (ATV, cerca de la base del cerebro) y dirigen sus proyeccio­nes hacia determinadas regiones del prosencéfalo, muy en particular hacia el nucleus accumbens. Esas neuronas del ATV se comunican en­viando dopamina (un neurotrans­misor) desde los extremos de sus axones hasta los receptores aloja­dos en las neuronas del nucleus ac­cumbens. La vía de la dopamina desde el ATV hasta el nucleus ac­cumbens resulta decisiva para la adicción: los animales que sufren una lesión de esas regiones no vuel­ven a mostrar interés alguno por las sustancias adictivas.

Evaluación de la recompensa

Las vías de la recompensa poseen una larga historia evolutiva. El pro­pio Caenorhabditis elegans, un gu­sano muy elemental, presenta una versión, rudimentaria, del sistema. En estos organismos, la inactivación de las neuronas dopaminérgicas clave, entre cuatro y ocho, provoca que pasen de largo, sin prestarle la menor atención, ante un tapiz de bacterias, su alimento favorito.

En los mamíferos, el circuito de recompensa reviste mayor comple­jidad. Opera con otras regiones del cerebro para conferir emotividad a una experiencia y dirigir la respuesta del individuo ante los estímulos de recompensa, incluidos el alimento, el sexo y la interacción social. La amígdala, por ejemplo, ayuda a va­lorar si una vivencia resulta agra­dable o repulsiva, si debería repe­tirse o evitarse; contribuye también a entablar conexiones entre una y otros indicios de referencia. El hi­pocampo participa en el registro de recuerdos de un hecho: dónde, cuándo y con quién ocurrió. Por fin, las regiones frontales de la corteza cerebral coordinan y procesan toda esta información y determinan el comportamiento ulterior del indivi­duo.

 

La vía ATV-accumbens, mien­tras tanto, “indica” a los otros cen­tros del cerebro cuán satisfactoria es una actividad. Cuanto más nos satisfaga, tanto más probable es que el organismo la recuerde e in­tente repetirla.

Aunque buena parte de nuestro conocimiento sobre el sistema ce­rebral de recompensa lo hemos ad­quirido a través de modelos ani­males, la investigación llevada a cabo en el último decenio mediante técnicas de formación de imáge­nes ha corroborado en el hombre la existencia de vías equivalentes relativas al control de la recom­pensa natural y de la mediada por drogas. El recurso de la resonancia magnética funcional o tomografía de emisión de positrones (técnicas que miden cambios de flujo san­guíneo relacionados con la activi­dad neuronal) nos ha permitido observar la excitación del nucleus accumbens de un cocainómano cuando se le ofrece una “raya”.

Si a ese mismo drogadicto se le mues­tra un vídeo en que aparece una persona consumiendo cocaína o una fotografía de rayas blancas so­bre un espejo, su nucleus accum­bens responde de forma semejante, junto con la amígdala y ciertas áreas de la corteza. Las mismas regio­nes se excitan en los ludópatas cuando contemplan imágenes de máquinas tragamonedas, lo que su­giere que la vía ATV-accumbens desempeña también un papel crí­tico en adicciones no relacionadas con las drogas.

 

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