El hombre por la droga muere

Testimonios
Un ex adicto, su madre y su maestra nos introducen en las entrañas del problema del consumo de drogas. 

 Otro nos cuenta su experiencia en narcóticos anónimos y su recaída

Desde hace algunas décadas, jóvenes y no tan jóvenes destruyen su propia vida y su núcleo familiar y social por el consumo de drogas. La adolescencia es uno de los momentos claves en el inicio de consumo de drogas. Existe una idea bastante extendida entre los consumidores de drogas al negar, o al menos minimizar, la presencia de problemas, la mayoría de las veces, incluso contra toda evidencia . En este asunto una de las frases más repetidas es aquella de “yo lo controlo”. A veces es difícil reconocer situaciones de riesgo en los demás y ver la creciente importancia del consumo de drogas en el estilo de vida de amigos o familiares, que haga pensar en un consumo problemático. En estos casos, hablar con alguien formado en el tema puede resultar muy beneficioso.

Profundamente ligado con el tema de las drogas se da el fenómeno de la delincuencia, de las peleas y de los hechos de muerte violenta. Pero hay otra pregunta para hacernos ¿quién pone un arma en las manos de estos menores? Parecería que el tráfico de armas, por momentos, estuviera fuera de control. De esta espiral de locura y violencia las primeras víctimas son los vecinos. Hasta el código de la delincuencia ha cambiado. Antes a aquel que robaba en su barrio sus compinches los denominaban peyorativamente “rastrillos”. Hoy ya no hay motes que agravien a nadie.

En Uruguay, el mundo infantil y adolescente no escapa a la presencia del consumo de drogas. En las generaciones más tempranas de nuestro país, donde se concentra la pobreza existe el mayor grado de vulnerabilidad social: “la infantilización de la pobreza”. Los menores de 18 años representan el 46.3% del total de los pobres del país, aunque como grupo porcentual son sólo el 27% de la población.

Según datos manejados por el Sindicato Médico del Uruguay, el 11.5% de las emergencias atendidas se encuentran relacionadas con el consumo de sustancias psicoactivas. Los hombres duplican en porcentaje a las mujeres y el rango de edad con mayor porcentaje de asociación entre consumo –demanda de atención se da entre los 26 y 35 años. Una de cada 10 personas atendidas llegó bajo efectos de alguna droga sumando 69 casos, de los cuales 4 llegaron inconscientes a la emergencia (2008 y parte del 2009).

Al Portal Amarillo ingresan 15 uruguayos todos los días, el 85% del sexo masculino, mayoritariamente entre 20 y 24 años y por lo general consumidores de pasta base. Su equipo cuenta con un equipo multidisciplinario de 55 técnicos, entre los que se cuentan, psiquiatras, psicólogos, asistentes sociales, enfermeros, maestras y administrativos. En el primer semestre de este año 2009, 600 pacientes realizaron 1.486 consultas. De ellos 86 fueron internados. Si se mantiene esta tendencia, se superará ampliamente el número de consultas registradas en el 2008: 5.200. De 100 personas atendidas en el Portal, el 53% seguía sin consumir ninguna sustancia.

Otro centro asistencial que ve desbordada su actividad, es el Centro de Tratamiento y Adicciones “El Jagüel”, ubicado en el departamento de Maldonado. Este centro cuenta con 20 camas y dos camas de desintoxicación ubicadas en el Hospital de Maldonado. La mayoría de los usuarios llegan de Salud Pública y el 80% pertenece al género masculino, mientras que sus edades oscilan entre los 14 y 23 años. Las estadísticas de “El Jagüel” indican que la mayoría de estos jóvenes atendidos han abandonado el liceo en primer y segundo año. Como sucede en casi todos estos centros de rehabilitación, la mayoría de las consultas son por el consumo de pasta base.

Una de las poblaciones más afectadas por el consumo de drogas es la carcelaria. En este 2009 comenzó un plan de atender a los adictos del COMPEN (ex COMCAR) mediante un equipo multidisciplinario. Además de las drogas más usuales los reclusos consumen lo que se llama en la jerga carcelaria “canica”, una pelotita en que se mezclan psicofármacos y se toman con cualquier bebida.

Sin intentar contestar ninguna pregunta o justificar acciones, les presento cuatro entrevistas de sólo algunas zonas de Montevideo.

Se han reservado sus apellidos. No hay razón para que se los identifique. Solo cabe aclarar que un sinnúmero de Marcos, Martas y Margaritas no están a diario en las noticias. Su lucha se desarrolla “desde el llano” con los precarios recursos que la sociedad y el sistema les brindan. A todos ellos la vida les ha sido esquiva, hostil, pero sus fuerzas valieron más que un ejército entero para enfrentar con coraje, audacia y esperanza esta realidad. Los tres me reiteraron en varias oportunidades que sus datos no aparecieran en este libro. El caso de Washington es especial, pues hasta hace un tiempo concurría a Narcóticos Anónimos, pero admite su recaída y tiene la firme esperanza de volver al grupo. Su testimonio también resultó importante.

Marcos. Su recuperación y su afán de ayudar a otros

Marcos es un muchacho de un barrio periférico de Montevideo, delgado, 1.75 de altura, con una mirada desconfiada, pero que a la vez pide ayuda a gritos. Es muy amable y me confiesa que jamás pensó que su caso podría estar en un libro, “pero si sirve para ayudar gente vamos arriba” expresa antes que yo prenda mi grabador. “No me pidas que te dé datos de las bocas de droga” me dice justo antes de comenzar con la primera pregunta. Fue adicto a la pasta base, hoy ya hace 7 meses que no consume y desea estar en condiciones para ayudar a otros jóvenes como él en la tarea de rescatarlos de la droga. Estuvo preso e internado en varias oportunidades. Hoy tiene 15 años, su primer contacto con la droga fue a los 12, saliendo tardíamente de 6º año de escuela primaria. Pero Marcos, tiene una madre y una maestra que a su vez ofició de segunda madre, psicóloga, docente y amiga. Pensemos cuántos Marcos no cuentan con este invalorable apoyo. La pregunta se contesta sola: muchos, lamentablemente. No modifiqué el lenguaje coloquial utilizado por el entrevistado, pues es una forma de conocer un poco más su realidad. Tampoco me creo con el derecho de poner en su boca un lenguaje académico que solo restaría naturalidad a su testimonio.

Hoy recibe tratamiento ambulatorio en el Portal Amarillo. He aquí su historia:

“En mi casa había drama, así que a los doce años me junté con unos locos del barrio que se drogaban. En ese momento era el más chico del grupo.Todos pasaban los 15 años. Sabía que en el barrio no eran muy queridos, pero a mí me conocían y no tuve problema nunca con ellos. Un día me dijeron de ir a vivir en una casa en la zona de las fábricas vacías, por allá arriba (se refiere a los edificios ubicados por Hipólito Irigoyen, de industrias abandonadas), y fui. Pensé que entre estar en mi casa viendo los líos que había y estar con amigos, éso era mejor. No dije nada y solo me fui con ellos. En varias oportunidades fui en cana, a la 15 y a la 16 pero zafaba. Soy menor y eso me salvó muchas veces. Mis amigos habían chorreado una moto. La policía hizo una razia y caímos. Los milicos me dijeron de aquí a la Berro no parás, pero éramos como 12 y en un descuido de los milicos me les escapo por la parte de atrás de un CUTCSA. Nos corrieron pero no nos agarraron. Perdí a la semana cuando afané unas herramientas de un loco que era mecánico, y cuando iba camino a venderlas en la boca, la cana me agarró con lo que había afanado y fui a parar 6 meses a la Colonia Berro”.

P. -¿No tenías miedo de ir preso, o que te mataran? 
-Y si, pero con el consumo de pasta base ésta te hace perder el respeto y el miedo. Llega un momento que el centro de tu vida es la droga y sabés que para conseguirla hay que afanar y lo hacés. El miedo te da también cuando no tenés drogas y te empezás a sentir mal y tus amigos tampoco tienen y bueno, hacés lo que sea para evitar el momento ése. Por ejemplo, una de las tantas veces que estábamos sin droga, empezamos a buscar cosas para robar. En la esquina del Pasteur había un auto parado en doble fila, con las luces prendidas. Vimos una agenda, monedas y un par de guantes y nos llevamos éso. A la cuadras revisamos la agenda y había un fajo de recetas verdes de medicamentos controlados. Claro, afanamos a un médico. Todos festejamos porque éso a las bocas les interesa. Salvamos el “día” -afirma Marcos con gesto de resignación.- En esa etapa yo sentía que no había futuro. Lo más importante era vivir el hoy.

P. -¿Qué precios pagan por los objetos robados? 
-Mucho más bajos que los precios reales. Yo sé que a una boca le llevás herramientas y te la cambian por droga, o les llevás ropa cara y lo mismo. Hay cosas que no te las compran y salís a venderlas por los barrios. Mis championes, Nike, creo que era la marca, los vendí por 300 pesos y mi vieja creo que los pagó como más de mil y pico de pesos. Lo que pasa que no todo el mundo te compra cosas robadas. Vos ya sabés los piques adonde están y ellos saben de tu necesidad, entonces te ofrecen poca plata. Como decimos en los grupos de consumidores, me fumé hasta la ropa.

P. -Te interrumpo. ¿Consumías mucha droga? 
-Si, por supuesto. A veces cuando había marihuana y mucha pasta base, también mezclé medicamentos con alcohol, más concretamente vino con diazepán. Es más, me hacían la joda porque había minas con nosotros en la barra y me decían que yo cambiaba una mujer por la pasta base y éso era así. Las minas ni fu ni fa, no soy marica, me gustan, pero en ese momento ni ahí. Todo lo robado y que era vendido iba para las bocas donde comprábamos la droga. Llegué a consumir hasta casi 40 veces por día, porque vas sintiendo que cada vez precisás más.

P. -¿Qué sentías en el momento de consumir? 
-Varias cosas…euforia. Nada me importaba. No tenía miedo a nada. Me sentía importante y como que la gente me tenía que tener un respeto o miedo, algo así. Claro, cuando se te pasa ese estado caés y te ponés depresivo, hasta con ganas de morirte. Te desesperás realmente, y eso te lleva a consumir más.

P. -Y en la colonia ¿dejaste de consumir? 
-Sí, los primeros días. Empecé a enloquecerme por la falta pero siempre algo se conseguía. Igual los guachos se afanaban medicamentos. Otros la conseguían afuera, por lo que yo tenía que comprarla. Y vendía la ropa que me traía mi vieja, o los cigarros, mi radio, medias, mil cosas. Ligué tan mal que en un amotinamiento en el cual yo no tenía nada que ver entran los milicos del GREO o algo así (se refiere al Grupo Especial de Operaciones GEO) y durante la requisa que se hace me encuentran droga en la almohada. Sólo era marihuana. ¡Pa! Salado. Casi me matan. Me sacaron desnudo pa fuera con plena lluvia y frío, pero a otros les fue peor porque los enfrentaron y los cagaron a palos limpio. Además, en esos lugares están los botijas pesados que son los que mandan y en más de una oportunidad yo tenía que lavarles la ropa y limpiarles la celda, de lo contrario te rompían la cabeza. Creo que pasado un tiempo ahí aprendés cosas jodidas como cortarte los brazos o la panza para que te saquen del celdario. Recuerdo que un chico durante la cena me dijo que iba a intentar fugarse cuando llegara a un hospital para ser tratado. Se tragó una cucharita plástica de postre. Empezó a ahogarse al lado mío. Los ojos se le iban para arriba. Lo agarré y me vomitó todo. Vino la guardia, lo llevaron al Clínicas y lo último que supe era que estaba grave. Y pensé “pobre gurí. ¡Qué mal le salió la fuga!”

Al salir volví a mi casa, con mi madre y mis hermanos. Ahí dije: nunca más en cana. No quería terminar como los “pesados” que salían de ahí y se iban a los pocos días para el COMCAR. Pero eso fue solo unos días. Empecé a vender nuevamente las cosas de mi vieja y de mis hermanos hasta que mi padre, que no vive conmigo, llegó a casa y me sacó a patadas pa fuera, afuera mismo y a piñazos. Les grité que nunca más me verían pero recuerdo el llanto de mi vieja que discutía con él. Fui a buscar a los que aún quedaban libres de mi grupo y me fui a otra casa por la zona del Hipódromo.

P. -Quiere decir que en la Colonia no había muchas dificultades para conseguir drogas ¿no? 
-La verdad que no pero existen unas especies de cadenas. Y ésto es que las drogas no las vende ni accede cualquiera. Ejemplo, yo se la debía comprar a determinada persona que al mismo tiempo la conseguía con determinado cuidador. Todos sabemos cómo conseguirla. También tengo entendido que algunos amigos y familiares de los botijas internados se la pasaban a éstos. Es un mundo complejo el de las cárceles y lugares de internación de menores. Muchas veces la gente, inclusive yo, no sabe lo que realmente pasa adentro. Consejo para los que ingresan: ver, oír y callar .

P. -¿Pensaste en algún momento en fugarte? 
-Mil veces lo pensé, pero realmente no me dio la nafta para hacerlo. Tenía miedo a que me agarraran y me la dieran. Durante mi internación hubo una fuga de 6 pibes, pero ninguno de ellos me invitó a hacerlo. Y cuando lo planeamos algo se jodía, o yo era un garca y no quería hacerlo. Ahí pensaba en mis viejos. Si yo me voy ¿adónde lo hago? A mi casa no iba a ir. Clavado que iban a buscarme. Entonces pensaba que si lo hacía, jamás los vería. Pero vivir ahí es un infierno. Entonces por la cabeza se te pasan mil cosas.

P. -Me decías que en tu grupo había mujeres. Con frecuencia se dice que muchas chicas se prostituyen para conseguir la droga. ¿En ese grupo ocurrió éso con las chicas? 
-A ver cómo te explico. Las gurisas que estaban con nosotros tenían la misma necesidad de drogas que todos nosotros. Algunas salían sí por 8 de octubre de noche a buscar guita para la droga y a veces robaban también a las personas que se las levantaban. También salían como novias de algunos de mis amigos.

P. -¿Y los padres de ellas? 
-¡Pa! Sé muy poco de sus vidas. Solo que se habían ido de sus casas con estos amigos. El hermano de una de ellas era policía y la culpaban a ella de que el tipo estaba arriba de nosotros y yo creo que no. Eran mayores que yo y quizás por eso me daban poca bola. Hasta donde yo sé una estaba embarazada, pero perdí contacto con ella. Y realmente me gustaría saber qué paso con ella y su hijo.

P. -Te vuelvo a interrumpir. Me hablaste antes de la nota de tu maestra ¿Qué pasó con ella? ¿Fue muy importante en tu vida? 
-¡Pah! Pobre Margarita. La volví loca. La cosa es así. Yo la conocía ya de 5º Grado y al pasar a 6º dejé de ir a la escuela. Mi madre le pidió ayuda. Yo ya estaba yendo muy poco; la mitad de las veces me iba con los flacos por ahí. Margarita empezó a hablarme, pero yo ni pelota, la escuchaba y gracias. Pero un día empezó a recorrer el barrio y fue hasta donde yo vivía. Nadie la tocaba. Pedía por mí y me traía comida y me hablaba mucho. Yo le decía que no le dijera a mi madre donde yo estaba pero ella me decía que éso no podía hacerlo y que mi madre jamás me haría mal, hasta que acepté la visita de mi madre. Pero yo las amenazaba que si venía la cana nunca más me verían. Sé que la maestra tuvo que decirle a los jefes de ella que yo había dejado la Escuela.

Luego de la Berro, al tiempo me llevaron, por haberme pegado muy mal la droga, al Pasteur y luego al loquero. Y es ahí donde dieron en el clavo con lo que yo hacía o tenía. A veces los drogados pensamos que llevamos una bandera de justicia y que somos unos regios pero en el loquero empiezan los bajones y las ideas de suicidarse. La muerte me rondaba y ahí no estaba la euforia del toque. Empezó el asco por mi vida, por todo lo que había hecho, pero empecé a tratarme ahí y a hablar con los médicos y además veía a los demás pibes como yo y que estaban peor. La segunda visita que veo luego de mi madre es la de mi maestra Margarita. ¡Pah! Me eché a llorar sin parar. No sabía ni qué decirle. Ya me había ido a visitar a la Colonia, pero acá su llegada me mató Me trajo unos alfajores… Una crack, mi maestra. Pensé en mis viejos, mis hermanos y mis abuelos. Y salí de ahí con la idea de no consumir más. Y hasta ahora vengo invicto.

P. -¿Tenías armas? 
-Yo, solo una navaja que me regalaron y juro que jamás la usé salvo para poder cortar algo de comida que encontraba o me daban. Le debo ser honesto. Un pibe tenía un arma de fuego, que nunca vi usarla con nadie. Por lo que sé fue afanada en alguna casa. Una vez la policía me estuvo toda una noche interrogando en la Comisaría de Menores porque decían que el arma había sido dada por algún mayor y que yo debía saber quien era. Yo tampoco preguntaba de dónde se sacaban las cosas, porque podrían pensar que si yo preguntaba era para buchonear. Si digo algo con orgullo es que nunca buchoneé nada. Pero cuidado, cuando te agarra la policía con un arma la cosa se te puede complicar, o sacarlas cuando vienen ellos puede hacer que te maten. Mire; cuando robé las herramientas del taller por acá en la zona, las llevaba escondidas pero claro.. los vecinos le dijeron a la policía cómo íbamos vestidos y de una camioneta de la policía que nos agarró se bajaron los canas. A mí me tiraron al piso y me pusieron una escopeta en la cabeza y me dijeron que al más mínimo movimiento yo era boleta.

P. -Muchas personas vinculadas al consumo de drogas manifiestan que existe una relación de corrupción entre policías y vendedores de sustancias ¿Sabés algo de esta realidad? 
-La experiencia mía con la policía no es la mejor, como nadie que esté en estas vueltas. Pero yo nunca vi que nos pidieran plata para dejarnos ir o algo por el estilo. Una noche, íbamos a buscar droga a una boca, y en eso paró un taxi con una pareja que entró a la boca. En un momento salieron como 10 milicos de la nada, se subieron al taxi y esperaron a que la pareja saliera y se llevaron hasta al tachero. En la Berro, los locos sí contaban que muchas veces no los llevaban a cambio de plata, o de otras cosas. Los botijas, cuando se calentaban con los canas, les decían -Andá milico rata, que a vos te compramos con dos pilas chicas-. No es mi caso. A lo mejor yo di con otros tipos de canas. En alguna oportunidad hasta sentí cómo martillaban los fierros para tirarnos…es más, una vez tiraron al aire o por lo menos, eso creímos. Yo estoy convencido de que no nos prendieron cartucho porque éramos menores; sino, fuimos. El trato con nosotros, o sea, en mi caso, no era para nada amable (risas).

P. -¿Te identificás o se identificaban con algún estilo de vida como ser “plancha” u otro sub-grupo? 
-No, para nada. Ni siquiera nos cuestionamos eso. Nos gustaba la cumbia villera y no éramos para nada finolis de Carrasco. Claro que te sentís más cerca del “cante” que de los barrios de gente con guita. Pero la única preocupación que tenés las 24 horas del día es que no falte la droga. Si lo mirás desde la vestimenta, por ejemplo, te diría que parecíamos “pichis” o algo así. Es más. Cuando la policía te agarra te dice que sos un “pichi” y así te tratan. Hay día que usás zapatos.. hay días que estás descalzo y con una remera. Yo que sé..Todo es muy cambiante.

Si éramos ésto o aquéllo, jamás lo sentimos como tal. Éramos adictos y punto.

P. -A tus amigos de ese momento ¿aún los ves? 
-Verlos los veo en la calle cuando salgo a hacer mandados. Algunos me saludan y otros no. Tampoco veo a muchos de ese momento. No sé si están internados, presos o algo peor.

Ellos ya saben mi historia. Mi madre habló con ellos. Realmente salgo poco. A veces la medicación me da sueño y duermo pero hago las cosas de la casa antes que mi madre regrese. No sabe cuánto deseo estar bien para ir a hablar con estos gurises y decirles qué vida les espera si no cambian de actitud. Ésa es mi gran idea y espero poder concretarla con el paso del tiempo. Ya en la clínica escucho los testimonios de otros pibes que pasaron igual o peor que yo. El escucharnos mutuamente nos hace mucho bien.

P. -¿Pensás que te hagan caso y desistan de su actitud?
-No es fácil salir de la droga. Yo con ellos jamás tuve problemas, salvo los comunes como que cuando dormís alguno te roba lo poco que tenés para comprar droga pero mi ejemplo de algo puede servir. Yo no los voy a meter presos ni nada de eso. Mi mamá me contó que había una piba embarazada. Bueno… me gustaría saber de ella y conocer al bebé, acompañarla al médico, porque creo que el novio se borró. No sé…por ahí viene la idea.

P. -¿Has acompañado a tu mamá alguna vez a la Plaza 
del Entrevero?
-No. Aún no me siento preparado. No sé.. me da como vergüenza ir ahí. Sé que mi vieja encontró mucho apoyo en ese lugar y que tengo la obligación de acompañarla pero creo que todavía no es el tiempo. Espero poder hacerlo en algún momento.

P. -¿Y de futuro, Marcos? 
-Primero hacer lo que me dicen los médicos del Portal. Terminar la escuela en otro lugar y laburar ¿por qué no? Pero le reitero: quiero demostrarles a los locos que se drogan que se puede salir y que piensen en el daño a ellos y a los demás. Los tipos como yo creo que podemos ayudar mucho a estos botijas. Que no cierren la puerta y se coman la llave, porque ahí sí que no salís. Esto no es orgullo. Es la enseñanza que me quedó sobre este asunto. La clave en la salida de la droga es reconocer que uno está enfermo y luego la voluntad de cada uno para curarse.

Margarita. Maestra y segunda madre

Una escuela con paredes descuidadas, ubicada dentro de una zona poblada por chicos de escasos recursos y por ex habitantes de asentamientos y cantegriles es el escenario para realizar la entrevista a Margarita. 48 años, casada y con dos hijos, tiene casi 26 de maestra y mucha experiencia en escuelas de contexto crítico. Margarita no sale del asombro. -Por momentos siento que la droga ganó los barrios- sostiene con tono preocupante, mirada franca y una personalidad que demuestra firmeza en sus convicciones. En la zona hay dos colegios primarios, dos secundarios y una Universidad del Trabajo. No oculta ni su temor ni preocupación por el destino de los 320 niños que acuden a ese local de enseñanza. No me cuenta que sacó de su bolsillo el dinero para que la mamá de Marcos se pudiera trasladar a la localidad de Suárez, donde se encuentra la Colonia Berro.

-A principio del año 2000 , ya empiezo a tomar contacto con niños de otras escuelas que estaban incursionando en el tema de las drogas. Claro, en una escala mucho menor a los tiempos actuales. En ese momento, la preocupación más seria en el tema la tenían los docentes de Secundaria. Mi experiencia como maestra está basada en chicos que provienen básicamente de hogares con agudas carencias socioeconómicas. A través de los comentarios de los propios alumnos y luego de sus padres, comenzamos a observar un incremento en el consumo de drogas, pero en todo el Uruguay, no sólo en esta zona. El problema se ha ido agudizando. Fue precisamente hace dos años y a través de un pedido de la madre de Marcos que me acerqué del todo a esa realidad. Entonces me dije a mí misma que a esa mujer había que apoyarla, dado que Marcos fue un niño dócil hasta entrar en su etapa de consumo. Vi la lucha de una madre sola, con muy poco apoyo familiar y con un trabajo de casi 10 horas que no le permitía por momentos hacer más de lo que hacía.

P. -¿Por qué piensa que chicos de tan corta edad se acercan a las drogas? 
-Es una muy buena pregunta. Yo lo atribuyo entre otros factores a que muchos chicos quedan solos por mucho tiempo. El trabajo de los padres es de una carga horaria importante Las madres, por regla general son empleadas domésticas y el padre, cuando está, también trabaja mucho. En muchos hogares hay hacinamiento, lugares de 3 ambientes con 4 familias. Todo esto son factores a tener muy en cuenta. También se ha creado en los barrios una subcultura de la droga. Por ejemplo, aquel que no probó es mirado como una persona distinta y muchas veces, objeto de risas y bromas pesadas que de algún modo lo hacen sentir diferente. También debo decir que existen trastornos emocionales, que por lo general se manifiestan antes de la etapa del consumo de drogas. Pero no todas las familias están alertas ante estos síntomas. Por momentos da la sensación que se está gestando una generación de hijos de la calle.

-Siempre entendí que la comunicación con los alumnos resulta fundamental- continúa Margarita- Cuesta mucho por momentos hacerlos hablar y ésto se repite en el hogar. Cuando me enteré del caso particular de Marcos (claro que no es el único, pero quizás es en el que yo más fui protagonista) siento una gran angustia por el problema planteado por Marta. Quiero recalcar que muchas maestras toman este tema muy en serio y ayudan más allá de sus fuerzas. A Marta la paralizaba el miedo a las denuncias y las posteriores represalias que podían realizar en contra de ella o de su hijo los proveedores de droga. Y eso es muy lógico. También sabía que yo no podía dejar de comunicar el abandono de clases por parte de su hijo. Cuando dejó de venir a la escuela, llamé a Marta y me dijo que también se había ido de su casa. Pregunté a otros chicos dónde podía estar y una tarde salí en su búsqueda. Lo encontré muy desprolijo, demacrado y un tanto agresivo. Lo primero que me dijo, fue: “Maestra. Nada de decir donde estoy ni a mi madre. ok”. Le dije que nadie le iba hacer daño y menos su madre, que sólo me dejara llevarle algo de comida y aceptó esa posibilidad. A los pocos días, su mamá me llamó a mi casa y me dijo que Marcos había cometido un hurto y estaba en la Colonia Berro. Mi desánimo era total. Aunque sabía que ésto podía pasar, tenía la esperanza de un cambio. Bueno, tomé fuerzas y empecé a visitarlo junto a su madre en ese lugar. Luego salió, se fue de nuevo de su casa y el periplo terminó con una internación, la que hoy permite que Marcos vaya teniendo una vida acorde a su edad y con un futuro para poder realizarse.

P. -¿Se informa a los chicos sobre los peligros de la droga? 
-En forma constante. Las maestras hablamos del tema, sabemos dónde acudir para pedir ayuda, pero mire que ésto no es todo. No piense que porque se lo diga la maestra van a dejar de involucrarse. No lo hacen ni bajo el pedido a llantos de sus madres. Ésta es una tarea en conjunto de todos: padres, docentes, autoridades, fuerzas vivas, etc.

P. -Supongo que ésto por momentos da miedo. ¿Cómo lo maneja? 
-Miedos tengo miles. No sería humano no tenerlos. Por momentos, sentimos que nos enfrentamos a un dragón que echa fuego. Miedo siento por nuestra integridad física, miedo por los niños y jóvenes involucrados, miedo por sus padres, miedo a la muerte de ese ser o una internación difícil, miedo a la cárcel. Hace unos días y ante una realidad similar, una madre me dijo:-Maestra. Usted habla muy lindo, pero cuando termina la clase se va y yo me quedo en la zona-. Hacía clara referencia a las represalias. ¡Y cómo no la voy a entender! Los miedos los manejo con la convicción de que no me puedo cruzar de brazos.

P. -¿Se siente apoyada por las autoridades? 
-Muy básicamente, sí. Mi experiencia es la de cientos de docentes que atraviesan por lo mismo. Todos sabemos que la realidad desborda. Existen programas preventivos en población escolar y de enseñanza media, partiendo de los 8 años hasta los 17. Si usted me pregunta ¿tiene todo para enfrentar este tema? le voy a decir que no. Hay carencias y muchas. Yo quisiera manejar otra realidad pero ésa soy yo, y no lo que puede dar el Estado. Puede dar más y supongo que sí. Ahora, yo no puedo quedarme en la fácil y decir – Si el Estado no nos provee de lo necesario, no hago nada- No, es inadmisible. No hay que quedarse en el mero demandar cosas a la escuela pública y a los docentes en particular, sino que hay que apoyar su labor. Muchos padres piensan que ponerles límites a los chicos es coartarles su libertad de expresión y creen que la escuela debe hacerse cargo de todo.

Yo le diría, por ejemplo, que el manejo de la Policía Comunitaria con nosotros no es malo. Claro, los chicos a veces se quejan del trato de la policía, pero tenemos que partir de la base de que el policía por momentos no sabe a qué se enfrenta cuando llega a una boca o al llevar a los infractores y también son humanos y tienen miedo por ellos y sus familias. Esto está todo enrabado. Sus hijos también van a la escuela pública. Acá hay varios hijos de policías y soldados y muchas veces nos piden consejo. Su realidad no es ajena a ésto. No olvidemos cuántas horas meten en los 222 para hacer un peso más. Para hablar de este tema hay que tener conocimiento de causa. Ésto no es fútbol, donde los uruguayos somos todos directores técnicos. Si no se sabe de este tema, más vale callarse para aprender.

Marta. Una madre coraje

En una casa humilde en una zona suburbana de Montevideo, con una estufa eléctrica prendida, una olla que echa humo desde una cocinilla chica y calienta un guiso de arvejas y con la bondad, por parte de Marta y Marcos, de invitarme a almorzar, me encuentro en una finca donde una familia estuvo a punto de desintegrarse, sólo hace unos 7 meses atrás. Marta tiene 41 años, tres hijos y el del medio, Marcos, pasó por la adicción a la pasta base. Es integrante del grupo de Madres de la Plaza del Entrevero. Nos reveló el conflicto que vivió con su hijo para que éste escapara de la droga Aún piensa que esta pesadilla no terminó, pues quiere estar bien segura de que su hijo siga el tratamiento, poniendo esa fuerza que lo hizo huir de ese infierno.Cree que su lucha puede servir de apoyo para las madres que atraviesan por la misma situación.

-Nosotros vivimos en esta zona ya hace 15 años y Marcos se crió acá, jugaba al fútbol y tuvo una vida normal hasta que apareció el tema de la droga. Yo tenía la intuición de que algo pasaba cuando con mi ex esposo decidimos separarnos. Su conducta fue cambiando. En primer lugar, cambió de amigos. Su grupo no era el mismo de la infancia. Luego me era muy difícil hablar pues nunca podía obtener de su boca algo que le pasara. Yo me voy a las 6 y media de la mañana a trabajar y regreso a las 18 horas. Mi hijo se quedaba con sus hermanos y a veces venía mi madre a cuidarlo, pero no todos los días porque ella vive en Las Piedras. Me daba cuenta de que a la escuela iba, pero no todos los días, porque yo revisaba su cuaderno. Cuando le preguntaba me decía que no iba porque se sentía mal, o mentía diciendo que en la escuela no le habían mandado deberes. Una tarde recibí la visita de Margarita, su querida maestra, y me informó que Marcos no iba a la escuela. El asombro, la angustia que me vinieron en ese momento fueron indescriptibles. Ahí mismo llamamos a Marcos, se violentó con nosotros diciendo que nos dejáramos de “joder” con perseguirlo tanto y que si jodíamos mucho se iba de casa. Margarita le habló muy suave e intentó convencerlo, pero no la escuchó. Pegó un portazo y se fue a la calle.

P. -¿Nunca sospechó que había un tema de drogas? 
-Al principio no, pero empecé a notar que mucha ropa suya ya no estaba y me decía que la había dejado olvidada. Yo le había regalado unos championes de marca y vi que ya no los tenía. Ahí me cayeron las fichas de que de algo pasaba. Su mirada era otra, miraba al vacío y luego empezó con unos tics o muecas que nunca había tenido. En una oportunidad le vinieron convulsiones con vómitos. Llamé a la asistencia pública y me dijeron que eran producto de una intoxicación. Lo trasladaron al Pasteur y me dijeron que se trataba de un chico que estaba consumiendo drogas y que por lo tanto necesitaba tratamiento psiquiátrico y psicológico. Ni le cuento las veces que tuve que ir a buscarlo a las seccionales 15 y 16… Sólo una vez aceptó que lo llevara mi madre a una consulta. Yo trabajo por hora y no puedo muchas veces faltar. Tengo 3 limpiezas fijas y otras zafrales, pero eso y 1000 pesos más de su papá son mis ingresos para alimentar tres chicos y mantener mi casa. Me sentí por momentos la mujer más infeliz, porque ni siquiera podía estar, por mis horarios, con mis hijos. Éso me lo reprocho yo misma.

P. -¿Tuvo apoyo de su ex esposo? 
-En su justa medida sí. Mi ex esposo trabaja en una empresa de seguridad y hace 12 horas por día, pero los mil pesos mensuales siempre me los da. Él habló con Marcos muchas veces, pero era como hablarle a la pared. Un domingo que vino a visitarnos Marcos me había robado todas las toallas para venderlas, se enfureció y lo sacó a empujones a la calle. Yo sé que estaba harto de las conductas de Marcos. Claro, eso motivó que mi hijo se fuera de nuevo de casa. Pero siempre me apoyó; nunca dejó de ir a verlo ni a la Colonia ni al hospital.

P. -¿Siente culpas? 
-Claro. Es en esos momentos que uno se plantea en qué ha fallado como madre. En más de una oportunidad, Marcos me decía que yo no era la madre que él necesitaba y eso me desesperaba. Era obvio que yo también me estaba volviendo loca.

En una oportunidad y gracias a su maestra, pude ir a verlo al lugar al que se había ido cuando se fue de mi casa. Era deprimente. 6 chicos un poco más grandes que él y dos chicas (una ya no tenía dentadura y estaba embarazada). Salió con unas alpargatas rotas, una remera sucia, un pantalón que le quedaba enorme, y con por lo menos doce kilos menos. No sé cómo no perdí el control. Margarita me apretaba el brazo para que yo no llorara o me diera un ataque. Yo no podía ver lo que veía de mi hijo. Era un zombi, y un marginal. Creo que también fallamos como padres separados en no tener muy claro los límites. A veces en los sí y en los no, no nos poníamos de acuerdo. En estos temas no puede haber conductas blandas.

P. -Bien, pero luego se trató. 
-Si, pero fue luego de estar preso y cuando cayó por segunda vez al hospital. De ahí fue derivado a un psiquiátrico. Recuerdo en un momento lo bien que le mintió a un médico de una policlínica pública. Yo creo que hasta lo despistó al hombre. Con el tiempo aprendí que todos los adictos son especialistas en mentir. A mi ex marido lo tuvo engañado un tiempo y hasta me decía él si yo estaba segura de lo que le pasaba a Marcos. Llegó hasta dudar de los robos que mi hijo hacía en mi casa. Son los psiquiatras los que definitivamente dan con el tratamiento adecuado. Claro, con dos meses y medio de internación y con vigilancia de especialistas hasta el día de hoy. Pero la fuerza que puso Marcos fue fundamental para su salida de la droga.

Washington: “Me enseñaron que la droga tiene tres terminales: hospital, cárcel y muerte”

Grupos de Narcóticos Anónimos

Durante la realización de este libro, fui invitado a participar en una de las tantas reuniones que se realizan en todo el Uruguay de Narcóticos Anónimos. Confieso mi agradecimiento por haberme brindado una oportunidad, para aprender, reflexionar, comprender y apostar a un nuevo amanecer para quienes deben beber estos tragos de amargura y dolor. Los Narcóticos Anónimos fueron fundados en junio de 1952 en la zona sur de California.

Desde hace 25 años vienen funcionando en nuestro país estos grupos., que realizan en forma desinteresada una labor de recuperación con aquellas personas que han ingresado al consumo de sustancias tóxicas.

Narcóticos Anónimos es una sociedad o confraternidad no lucrativa, compuesta por hombres y mujeres adictos en proceso de recuperación. Esta sociedad nació hace casi 50 años en los Estados Unidos, dentro de Alcohólicos Anónimos. Se trata de un programa de completa abstinencia de todo tipo de drogas. No están afiliados a ninguna organización política, cultural o religiosa, a pesar de que funcionan en parroquias de Montevideo y el interior. Cualquier persona con dificultades de consumo de drogas puede concurrir sin importar su edad. A este grupo no le interesa ni los contactos de sus integrantes, ni las razones por las cuales consumía o la cantidad que utilizaba. Sólo interesa saber qué quiere hacer de su problema la persona y cómo poder ayudarlo para obtener un futuro mejor. Las reuniones se realizan en forma semanal durante todo el año. A juicio de éstos, nunca se estará curado de por vida, pero cada día es una nueva oportunidad para mantenerse libre del consumo.

Para estos grupos, lo que los convierte en adictos es la enfermedad de la adicción, no las drogas, ni su comportamiento, sino la enfermedad. -Hay algo dentro de nosotros que nos hace incapaces de controlar el consumo de drogas. Ese mismo algo nos predispone a la obsesión y la compulsión en otros aspectos de nuestra vida. ¿Cómo podemos saber cuándo nuestra enfermedad está activa? Cuando estamos atrapados en rutinas obsesivas, compulsivas, egocéntricas y círculos interminables que sólo llevan a la decadencia mental, física, espiritual y emocional -nos informa un integrante.

A juicio de ellos, la negación es la parte de la enfermedad que les dice que no hay ninguna enfermedad.

-Cuando estamos en negación, somos incapaces de ver la realidad de la adicción. Minimizamos su efecto. Culpamos a los demás, apelando a las expectativas demasiado altas de nuestras familias, amigos o jefes. Nos comparamos con otros adictos cuya adicción parece “peor” que la nuestra. Tal vez culpemos a una droga en particular. Si llevamos un tiempo abstinentes, quizás comparemos la manifestación actual de nuestra adicción con el consumo de drogas, y lleguemos a la conclusión de que nada de lo que hagamos hoy en día será tan malo como “aquéllo”. Una de las formas más fáciles de saber si estamos en negación es ver que damos razones convincentes pero falsas sobre nuestro comportamiento- afirma otro integrante del grupo.

A su juicio, los adictos reaccionan de muchas maneras ante la palabra impotencia. Para algunos es sencillamente la descripción más apropiada de la situación y admiten su impotencia con una sensación de alivio. Otros rechazan la palabra relacionándola con la debilidad o creyendo que indica algún tipo de deficiencia de carácter. Comprender el concepto de impotencia ayuda a todos a superar los sentimientos negativos que se pueda tener sobre este concepto.

-No podemos moderar ni controlar el consumo de drogas ni otros comportamientos compulsivos, aunque éso implique perder las cosas que más nos importan. No podemos parar, aunque la consecuencia de continuar sea, con toda certeza, un daño físico irreparable- acota una joven de unos 23 a 25 años.

El primer paso que se pide es que se admitan dos cosas: la primera que se es impotente ante la adicción y dos, que la vida se ha puesto ingobernable. La ingobernabilidad puede ser externa o interna. La externa la identifican con situaciones tales como detenciones, pérdidas de trabajo y problemas familiares. La interior se manifiesta en sistemas de convicciones enfermizos o falsos sobre ellos mismos, tales como que no se vale nada o que el mundo gira a su alrededor. La inestabilidad emocional suele ser uno de los indicadores más evidentes de la ingobernabilidad personal.

Otro paso fundamental es la honestidad acompañada de la receptividad, buena voluntad, humildad y aceptación.

Cuando consulté qué significaba el término rendición para ellos, dado que había escuchado esa palabra en más de una oportunidad, otro integrante que hasta el momento había permanecido en silencio me expresó que “hay una enorme diferencia entre resignación y rendición.
Resignación es la que sentimos cuando nos damos cuenta de que somos adictos, pero aún no aceptamos la recuperación como solución a nuestro problema. Muchos estábamos en este punto bastante antes de llegar a Narcóticos Anónimos. Quizás pensábamos que nuestro destino era ser adictos, vivir y morir con nuestra adicción. La rendición, por el contrario, es lo que sobreviene una vez que hemos aceptado el primer paso como algo cierto para nosotros y la recuperación como solución. Ya no queremos que nuestra vida sea como antes. No queremos sentirnos como nos sentíamos. Debemos sentir de la forma más pura el principio de humildad, fundamental para el Primer Paso. La humildad se identifica más fácilmente como la aceptación de lo que en realidad somos, ni mejores ni peores de lo que creíamos ser cuando consumíamos; tan solo humanos. Para practicar el principio de aceptación, debemos hacer algo más que limitarnos a admitir que somos adictos. Cuando aceptamos nuestra adicción, sentimos un profundo cambio interno que se acentúa por una creciente sensación de esperanza. También empezamos a sentir cierta paz. Hacemos las paces con nuestra adicción, con nuestra recuperación y no nos asusta de futuro asistir a estas reuniones.” explicó el joven.

Si bien no se ciñen a un esquema de trabajo, los temas sugeridos para las reuniones pueden ser: honestidad, aceptación, rendición, la libertad de la adicción activa, el paso del hospital a la confraternidad, la reserva, la negación, el padrinazgo, vivir solo por hoy, sentimientos, dejando a los antiguos compañeros, identificación en vez de compasión, responsabilidad de la recuperación, aprendiendo a confiar, llegando a sitios lejanos, las herramientas de la confraternidad y el aspecto espiritual no religioso, entre otros.

“Por el adicto solitario, moribundo, por favor, sigue viniendo, y devuelve sólo un poco de lo que tan desinteresadamente te han dado”.

José C. Missouri Argentina

Washington

Una mañana de sol tibio del mes de agosto del 2009. me trasladé hasta el trabajo de Walter. Me llamó la atención que la entrevista me la brindara en la misma oficina. Trabaja en una dependencia estatal. Walter se ha ganado el cariño y el respeto de sus compañeros, por su don de gente, solidaridad y su gran sentido del humor. A la vez, los mismos tratan de ayudarlo. Tiene 32 años y consume marihuana y cocaína desde los 18, pero esta última la dejó porque como consecuencia del consumo, su tabique nasal quedó perforado. Estuvo dos años sin consumir ninguna sustancia gracias a los grupos de Narcóticos Anónimos, me expresó. A nadie de ese lugar de tareas públicas le llamó la atención esta entrevista, pues todo el equipo de trabajo que lo rodea sabe de su esfuerzo por cambiar de vida. Asimismo, el organismo en el cual él presta funciones le está realizando una terapia para combatir su adicción. Es consciente de que la drogadicción aísla de la gente, de todos los sitios y de cualquier cosa, excepto del mundo donde se consiguen las sustancias. Su juicio es que en ese contexto, es imposible hablar de libertad.

P. -¿Por qué dejaste de concurrir a Narcóticos Anónimos? 
-Busqué excusas para hacerlo. Cualquiera me venía bien para dejar de ir. Pero por otro lado, al recaer, me dije que yo no iba ir al grupo a mentir, o sea, a cantar estoy limpio cuando no lo estoy. Respeto mucho ese lugar como para tomarle el pelo a la gente y a mí mismo. También por momentos siento vergüenza por recaer y haber defraudado a una serie de personas que me ayudaron mucho.

P. -¿El grupo te hizo bien? 
-Sí, claro. Por dos años me mantuve limpio y hasta ahora por ejemplo coca no consumo. La metodología es muy buena si se pone la voluntad necesaria. Ahí aprendí que el consumo de drogas tiene tres terminales: la cárcel, la muerte o el hospital.

P. -¿Llegaste a algunas de esas terminales? 
-No, por suerte no, salvo 24 horas, una vez, en una seccional, cuando la policía me agarró con marihuana a la entrada de Estadio Centenario. Nunca más me pasó nada.

P. -¿Qué más aprendiste en ese grupo?
-La forma de abordar la enfermedad es totalmente realista, ya que el valor terapéutico de un adicto que ayuda a otro no tiene parangón. El ex adicto es la mejor persona para conocer a otros de su condición y así poder ayudarlo. Muchas personas creen que la recuperación consiste simplemente en dejar de tomar la droga pero la cura va más allá. Se apunta a la abstinencia total de todas las sustancias, inclusive el alcohol, pero tiene que liberarse de sus impulsos y de factores de presión.

P. -Y tu familia ¿cómo toma el tema? 
-Con disgusto, por supuesto, pero me dan el 100% de apoyo. Ellos acuden a los grupos de familiares de Narcóticos Anónimos y realmente me siento muy contenido por ellos. La labor y la paciencia de mis padres fue y es fundamental en mi vida. Le debo mucho a ellos y espero pronto volver a la abstinencia total para no defraudarlos más.

P. -¿Tu adicción te afectó a nivel laboral? 
-Si claro, tuve sanciones, no por consumir en el trabajo que jamás lo hice, pero por las faltas, las llegadas tarde…He perdido horas extras, presentismos, etc. Pero también te digo que tengo un grupo de compañeros más que buenos. Todos me dan para adelante y la institución me brinda un apoyo terapéutico. Soy consciente de que mi trabajo debo cuidarlo. No puedo seguir perdiendo cosas en la vida.

P. -¿Pensás volver al grupo? 
-Sí, espero hacerlo. Yo reconozco que tengo una enfermedad que es la adicción. No es fácil dejarla. La abstinencia a veces es media dura pero hay que pasar por ella.

Creo que he dado pasos buenos como acercarme a Narcóticos Anónimos y a tratarme en mi trabajo. Es más, por Narcóticos Anónimos viajé a Brasil y Argentina a intercambiar experiencias, a enriquecerme también yo con el testimonio de otros. Mi meta es volver.

P. -¿Qué le aconsejarías a otro joven que quiere dejar de consumir? 
-En primer lugar, que rompa con el entorno que le rodea de la droga, o sea los amigos que están involucrados y no quieren salir. Y luego comenzar en estos grupos y ver el testimonio de otra gente que pasó por la misma que él y pudo dejar. Yo también pensé que era difícil pero me animé y por dos años nada de drogas. Hoy por excusas tontas abandoné el grupo, pero cuando veo el daño que me hice a nivel espiritual, físico y familiar, es cuando pienso que cometí un error.

Santiago Tricánico

Drogas – Todos se preocupan y pocos se ocupan
© Rumbo Editorial
ISBN: 978-9974-8216-5-1
Montevideo – Uruguay

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