Archivo de enero de 2014

Los efectos menos conocidos del cannabis

■Provoca pérdida de memoria, reduce el rendimiento y altera las capacidades cognitivas
■Puede producir depresión, ansiedad, psicosis y, en el peor de los casos, esquizofrenia

Los poderes psicotrópicos del cannabis, un derivado extraído de la planta del cáñamo (‘Cannabis sativa’), son conocidos por el ser humano desde hace miles de años. Sus ‘propiedades embriagadoras’, como decía ya Herodoto en el siglo V, se deben fundamentalmente al delta-9-tetrahidrocanabinol (THC), el cannabinoide responsable de sus efectos en el cerebro.

Cuando el consumidor inhala esta sustancia, generalmente fumando, el THC llega rápidamente al cerebro a través del torrente sanguíneo, por lo que sus efectos se sienten a los pocos minutos y pueden durar hasta dos o tres horas. Si se consume masticado, la cantidad de tetrahidrocanabinol que alcanza el cerebro es menor y tarda más en hacer efecto, porque se absorbe más lentamente.

El THC se encuentra en diferentes proporciones según el preparado que se utilice: marihuana (que es el resultado de la trituración de flores, hojas y tallos secos, con una concentración de entre el 1% y el 5%. ); hachís (elaborado a partir de la resina de las flores de la planta hembra y con una concentración del 15%-50%) o aceite de hachís (resina de hachís disuelta y concentrada al 25%-50%).

Como destacan los especialistas del Plan Nacional sobre Drogas, justo después del consumo se produce lo que se conoce como ‘borrachera cannábica’: sequedad de boca, ojos rojos, taquicardia, descoordinación, risa incontrolada, somnolencia, y alteración de la memoria, la atención o la concentración. Una sensación de euforia que no tarda en transformarse en un síndrome ‘amotivacional’ y una pérdida de interés por las cosas.

Riesgos desconocidos

Como explica a elmundo.es Amador Calafat, psiquiatra y director de la revista ‘Adicciones’, en las últimas décadas se había extendido en España y en otros países europeos “la sensación de que el cannabis era inocuo. Y parecía que el que no se tomaba un porro no se enteraba de lo que era bueno”. No parece casualidad que sea la droga ilegal más consumida en todo el mundo; en 2003, el 30% de los españoles entre 15 y 64 años declaraba haberla probado alguna vez.

En su opinión, esta creencia generalizada se benefició de una cierta complicidad de algunos medios de comunicación (“que apoyaron la legalización”), de lo que él llama el “lobby del 68″, y de “los vacíos científicos que existían sobre sus riesgos”. Sin embargo, añade, ahora ya no quedan dudas sobre cuáles son los efectos del consumo de cannabis, tanto a corto como a largo plazo.

En el Reino Unido, por ejemplo, el gobierno acaba de endurecer la clasificación de esta droga para aumentar las penas de prisión para los consumidores y “proteger la salud de la gente joven”.

Por un lado, explica Calafat, se ha demostrado que los problemas de concentración y de memoria “tienen efectos devastadores en el futuro de los jóvenes, porque les pilla en la mejor época de la vida para estudiar. Muchos de ellos experimentan dificultades de aprendizaje y abandonan los estudios antes de tiempo”.

“Algunos trabajos apuntan a que estas capacidades cognitivas se pueden recuperar en parte al abandonar el hábito y salir de la intoxicación crónica que sufren los fumadores habituales, pero otras investigaciones señalan que quedan importantes secuelas en algunas áreas cerebrales”, añade por su parte el doctor Magí Ferrer, miembro de la Comisión Clínica de la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas.

Además, su consumo habitual puede generar dependencia y adicción (entre el 7% y el 10% de los casos) y existen evidencias que demuestran que las formulaciones modernas tienen mayor concentración de THC que el cannabis que se fumaba en los años sesenta; lo que aumenta sus efectos. Unos riesgos que, según coinciden los especialistas, siguen sin ser aún bien conocidos por la sociedad (en 1994, el 60% de los escolares españoles consideraba más peligroso fumarse un paquete diario de cigarrillos que tomar un porro esporádicamente).

Problemas mentales

Por ejemplo, el consumo de porros multiplica por dos las probabilidades de sufrir brotes psicóticos (con más riesgo a mayor dosis). “Parece que la marihuana podría actuar como desencadenante de estos ataques en personas con una cierta predisposición genética”, advierte Calafat. Los trastornos se acentúan cuando el consumo se inicia antes de los 15 años [la media de edad de inicio en España son los 14,7 años], probablemente porque esta droga causa cambios neurobiológicos en un período clave del desarrollo cerebral.

Un reciente informe elaborado por expertos de la Oficina de Control de Drogas de la Casa Blanca (EEUU), advierte de que los adolescentes que fuman marihuana tienen hasta un 40% más de riesgo de sufrir depresión, ansiedad, psicosis (alucinaciones) o algún tipo de enfermedad mental; especialmente en el caso de las chicas. Y aunque no se ha demostrado de una manera estadísticamente significativa que pueda causar esquizofrenia, sí parece que empeora sus síntomas y agrava los ataques. “Es complicado decir si las drogas tienen este efecto por sí mismas o porque abren la compuerta a algunos trastornos que no se hubiesen producido sin su consumo”, admite Ferrer.

Este mismo documento explica que muchos jóvenes con síntomas depresivos están recurriendo a los porros para aliviar su malestar, “y no se dan cuenta de que la marihuana, en realidad, empeora su depresión”. Los consumidores habituales, añade el informe, tienen pensamientos suicidas con tres veces más frecuencia que los otros chicos de su edad.

Además, el modo de consumo más frecuente es mezclado con el tabaco, fumado sin filtro y con largas caladas, lo que también podría incrementar la frecuencia de problemas pulmonares; desde cáncer hasta patologías cardiovasculares. Por si fuera poco, cada vez más datos advierten de la implicación del cannabis en los accidentes de tráfico y de su papel como puerta de entrada hacia otras drogas ‘duras’.

Alfons Martí Bauçà

Periodista y escritor, autor de Droga : la industria del Inquisidor, Salamina, Barcelona, 2011. El actual fenómeno del uso masivo de drogas remonta sus orígenes al corazón del siglo XIX en la Europa capitalista y antidemocrática. De modo que la industria del narcotráfico nace de la mentalidad económica moderna la cual consiste, en esencia, en buscar la manera de amasar la mayor fortuna al más bajo coste (material) aunque al más alto precio médico y social. Desde los años 1970, España, líder mundial de consumo de la cocaína, ha sido el principal punto de entrada de las drogas en Europa, con las consecuencias de todo tipo (100.000 muertos) que ello conlleva.

Al margen del uso restrictivo y meramente puntual de hierbas en tribus primitivas, el auge del consumo de drogas químicas arranca y se proyecta en y desde esa mentalidad expansiva que, desde 1850, ataca a varios continentes, implicando política y gobiernos. Así, la fórmula destructiva y dañina de las drogas responde a la necesidad de crear adicción y por tanto, de crear un contingente de clientes dispuestos a dejar hasta el último euro en manos del industrial.

Desde los años 1960, sucesivas oleadas de heroína, cocaína, anfetaminas… han ido irrumpiendo en climas sociales y políticos abonados para su penetración : paro, desesperación en las clases pobres del Tercer Mundo –por tanto, receptivas a la llegada de cualquier fuente de ingresos– y también ocio escapista, evasión, decadencia y falta de interés por todo en el seno de las sociedades de la abundancia –del cual se nutre el negocio–. España, sin duda, ha sido un punto de penetración destacado, la puerta de la droga en Europa desde los años 1970.

El “mayor negocio del mundo” mueve, según datos de la ONU, cifras de ganancias anuales que rondan los 300.000 millones de dólares, sin olvidar las fuentes ilícitas que arrastran : la prostitución, el tráfico de niños, de órganos y el mercado negro de las armas. En los países del Sur, la economía, ya maltrecha y dependiente, es pasto del narcotráfico hasta el punto de suponer el 15% del PIB mundial.

Actualmente, las redes del narcotráfico, en el caso de la cocaína, por ejemplo, presentan el diseño de empresas muy estructuradas, con asesores, abogados, químicos, funcionarios corruptos o expertos en mercado en sus plantillas que aseguran un tipo de empresa cuya eficacia, solvencia y olfato mercantil supera con creces al que presentan las industrias más lícitas.

Ahora asociamos las drogas a importaciones que llegan por mar y aire. Lo cierto es que cuando surgió, esta industria lo hizo desde Europa y para los europeos, con plantas industriales de orden similar a la metalurgia o la industria de guerra. Fue una apuesta de gobiernos ferozmente antidemocráticos, quienes impulsaron la expansión de industrias tras el fracaso de las revoluciones de 1848. Era la época de la destrucción del Derecho, el fracaso del liberalismo y del uso del Estado como arma para extraer ganancias, robo y asesinato (1). Si Marx dijo lo de “la religión es el opio del pueblo” era porque el opio y las drogas ya eran un caramelo para los manipuladores y “explotadores” que el filósofo alemán denunciaba junto a otros autores.

Entonces, los gobiernos se consagraron a patrocinar “el libre fluir del dinero”. En 1850, la química logra extraer de las hojas de coca su principio alcaloide. Detrás de este logro estaba Maximiliano de Austria, quien mandó una fragata, el Novara, a dar la vuelta al mundo con el encargo explícito de recoger hojas de coca para entregarlas a sus químicos de la Corte. Por fin, Niemann satisface al gobierno : la industria se pone en marcha y, en 1862, Merck empieza a comercializar cocaína refinada con apoyo real.

En Estados Unidos, un leal competidor, Davis, se ocupa de bombardear el mercado americano. Los industriales holandeses y alemanes lideran el negocio, llegando entre 1885 y 1914 a captar a millones de adictos coincidiendo con la baja de precio, pasando entonces de 280 dólares a 3 por gramo.

En 1868, un químico fracasado, el corso Mariani, “inventa” un vino tinto mezclado con cocaína. Lo presenta como un “antidepresivo” fabuloso. Las autoridades del momento prestan su apoyo, desde la reina Victoria al Papa León XIII. Mariani amasa una fortuna que demuestra la importancia y el boom del producto, eficaz, según los gobiernos, para que el cliente resulte productivo y pase el rato de ocio alejado de cualquier pensamiento subversivo.

La cocaína era presentada como un “elixir” porque, en la vida meramente económica del europeo, este producto sumergía en fantasías mentales que ayudaban a superar los ratos que no se dedicaban a la única realidad : el dinero y la máquina que lo alcanza. En 1886, Merck ya facturaba millones, era una industria floreciente (igual que la heroína de la Bayer en 1890, o la morfina) que no sufrió mengua alguna cuando el mundo del siglo XIX se hundió junto a 70 millones de seres humanos en la Primera Guerra Mundial. Hoy sabemos, por informes médicos, que la cocaína produce lesiones en el cerebro irreparables, con zonas muertas, de cráteres sin actividad alguna como en casos de esquizofrenia (2). Sin embargo, estas investigaciones no han sido habituales y la industria del siglo XIX ni siquiera se planteaba esa realidad médica : el invento generaba ganancias y eso bastaba para ser aceptado (3).

El segundo período del auge de las drogas crece en la Guerra Fría. Se crea el Triángulo Dorado de naciones asiáticas exportadoras de heroína. Y los nazis huidos implantan en Latinoamérica la cocaína, tras pactar su apoyo a la CIA en el marco de la Guerra Fría (4). Klaus Barbie acude a asesorar a las elites fascistas criollas cuyos gobiernos aceptan la idea de abandonar los cultivos obsoletos de madera o azúcar para dedicarse a la nueva máquina de hacer dinero. A cambio, los nazis reciben trato de favor, cargos y creen poder reconstruir su secta internacional a base de crear una red de adictos fieles a los proveedores del maná. El general Pinochet aceptó entregarse al negocio, activado desde entonces en Chile. Bolivia, Perú o Colombia se convirtieron, en cuestión de décadas, en “narco-Estados”. El ex presidente colombiano Belisario Betancour retrató la situación en cierta ocasión : “estamos luchando contra una organización más fuerte que el Estado” (5). En general, sucede que no hay Estado tiránico, débil o antidemocrático que no caiga en las garras del narcotráfico, pues el negocio ayuda a crear una casta gobernante corrupta y rica, más allá de la ley.

Hoy, de Afganistán a Kosovo, idéntico proceso : desastre y guerra destruyen las estructuras tradicionales, lo cual facilita la penetración del negocio global que no reconoce fronteras y menos aún las de territorios sin democracia. Mientras, las ganancias también globales se esconden en paraísos fiscales donde colindan con ganancias financieras también dudosas, pero siempre deseosas de nuevas ganancias globales. Por algo los causantes de la crisis actual se están, literalmente, enamorando del narcotráfico. En palabras de David Borden, tiburón financiero, “si la gente dejara de consumir droga, ¿qué pasaría con la economía ?”.

 

LÍDER MUNDIAL DE CONSUMO DE LA COCAÍNA

En España, las drogas matan hoy a más de 6.000 personas, de modo directo, al año. La incidencia, por otra parte, de las drogas es muy acusada desde los años 1970. La llamada “epidemia de heroína”, entre 1979 y 1982, acabó con la vida de unos 100.000 españoles, una cifra escalofriante que no debe olvidarse y que ilustra la gravedad del caso. Esta devastación fue sucedida por la no menos brutal penetración de la cocaína y el elenco de drogas de diseño en un clima propicio de fiebre del oro y de inversiones incontroladas.

Presentada como “remedio a los males de la morfina” a finales de siglo XIX y explotada por grandes firmas europeas, la heroína fue prohibida en España por el gobierno de la Segunda República, preocupado por la salud pública, en un decreto firmado por Alcalá Zamora en 1932. Sin embargo, fue a partir de los años 1970 cuando se convierte en un negocio devastador y masivo en España.

Cultivada por “señores de la guerra” amigos de la CIA en el “Triángulo Dorado” (norte de Tailandia, Birmania y Laos) antes que en Afganistán, la heroína aterrizó en España causando estragos entre la población juvenil y los artistas, mientras se forjaba una curiosa imagen de la rebeldía y del joven rebelde como “inconformista, de extracción humilde y muerto de sobredosis”.

En medio de un paro feroz, el remedio a la miseria social y acto de rebeldía era caer en una adicción letal, como muestran las películas de esa época, protagonizadas por artistas que imitaron en la vida real el final horroroso de la ficción. Si la heroína devastó barrios y pueblos enteros, España se convirtió hace pocos años en líder mundial de consumo de la cocaína. En España, el negocio penetró de la mano de cárteles colombianos aliados con narcos de guante blanco como el abogado gallego Pablo Vioque –inversor, ex político, ex Banco Urquijo…– quienes no dudaban en aplicar el terror en España si se les molestaba como cuando casi asesinan, en 2003, al fiscal Javier Zaragoza por sus investigaciones antidroga. El blanco preferido eran las zonas de ocio, pasto de nuevas inversiones de dudoso origen. En 2001 ya, fuentes de la Guardia Civil alertaban del vertiginoso aumento del blanqueo : “España lava medio billón de droga, y es sólo la punta del iceberg”, aseguraban. Muy criticada fue la Comisión de Prevención de Blanqueo de Capitales, acusada de ineficaz y opaca. La penetración masiva de la cocaína acompañaba una paralela operación de lavado en forma de inversiones inmobiliarias y de centros de ocio. La burbuja inmobiliaria estaba muy ligada a las inversiones negras.

Mientras la Drug Enforcement Administration (DEA) norteamericana alertaba a las autoridades de que España era el nuevo paraíso fiscal de las redes, Marbella destacó como centro de inversión de todo el narcotráfico mundial. La policía corrupta de Marbella daba cobertura a prostíbulos y locales de venta de droga, mientras que las inversiones en urbanizaciones deslumbrantes no eran más que la fase de lavado del negocio, uno de los favoritos de las mafias rusa o árabe afincadas en el Sur de España.

En el plano médico, la devastación producida por estas drogas aún resta por manifestarse. Los psiquiatras del Centro de Atención a la Drogodependencia (CAD) de Murcia ya avisaron, en 2003, de que “los médicos que tratamos toxicomanías esperamos que en 15 ó 20 años afloren multitud de demencias en personas como los adolescentes de ahora que, de jóvenes, consumieron muchas drogas”. Pese a todo y a un aumento obvio de la violencia y criminalidad relacionadas con estas drogas, la confusión y la ignorancia predominan y en una reciente encuesta, el 20% de jóvenes afirmaba que tomar drogas era “algo normal”. Cuando surge el boom del dinero, hay una escalada de corrupción que aflorará años después y que corre muy pareja al boom de las drogas. España ya era, hacia el 2000, puerta de entrada de la droga en Europa, así como destino de la industria europea de drogas de diseño. Un mapa de negocios inmobiliarios, de ocio y nocturnos fueron blanco fácil para la entrada de redes de cocaína, las cuales sabían que el blanqueo y la demanda de drogas se disparan en estos casos.

Muchas redes operan hoy en barrios de grandes ciudades españolas con tanto poder de penetración como el demostrado en zonas de ocio. Primero se acercan a negocios de restauración, bares… como vendedores que reclaman tener una parcela, un espacio de connivencia con los restauradores. Luego, finalmente, van adquiriendo una masa de clientes y un status que les permite presionar a los propietarios para que se sometan a las directrices, lo cual convierte el local en una tapadera para la venta de droga.

Entre 1999 y 2004, ocurre que, con la creación del euro, se deprecia todo excepto la droga. La cocaína y la heroína se rebajan un 22% y un 45% respectivamente. Mientras, la demanda crece entre una clientela que busca evasión a toda costa y en especial la sensación de alcanzar el poder económico, pues ciertas drogas son presentadas como un símbolo de poder y de pertenecer a un grupo superior económico.

La ficción de la burbuja y la que generan las drogas se dieron la mano. La crisis ha facilitado la visión del negocio como una “salida” para gente sin formación ni más horizonte que el dinero. Y además, ha empujado a un grupo de personas con perfil psicológico débil a buscar “consuelo” en los estupefacientes.

Hoy España sigue siendo la ruta preferida de entrada de la droga de ultramar, la colombiana o mexicana vía África o el Caribe y la africana vía Baleares (léase, p. 23, el artículo de Antonio Palerm), puente a la Península. Se sabe muy bien que los puertos son el punto destacado de introducción, aprovechando la dificultad de control de las mercancías portuarias. Mientras, el consumo crece y la juventud se inicia a más corta edad.

En una sociedad que sólo valora el “éxito”, los jóvenes, ignorantes de los efectos reales de las drogas, se entregan a pasar sus ratos de ocio obedeciendo la consigna dominante de “disfrutar y no pensar en nada”, es decir, en escapismo. Salir de la realidad, aceptar que solo se vive para consumir y trabajar de modo esclavo y conformista. Y esta perspectiva oscurece tanto el futuro político de un país como pone en peligro de caer en adicciones fatales a un número demasiado elevado de ciudadanos. Lo cual fomenta la industria de la droga.

 

(1) Benedetto Croce, Historia de Europa en el siglo XIX, Ariel, Madrid, 1996.

(2) Arthur Westover et al., Archives of General Psychiatry, vol. 64, abril 2007, Chicago.

(3) Hannah Arendt, Orígenes del totalitarismo, Alianza, Madrid, 2006.

(4) Michael Ruppert, Crossing the Rubicon, New Society Publishers, Gabriola Island, 2004.

(5) Ives Lavigne, Death dealers, Harper Collins, Toronto, 1999.

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